Esta semana he leído Jardín, la novela lírica de la poeta habanera Dulce María Loynaz. Mientras escribo este texto, la exuberante primavera del coronavirus se deshoja en el otoño más espectacular que recuerdo en Madrid. Después de cerrar el libro, salí a la calle y me dirigí al parque de El Retiro. Al mirar el paisaje, me pregunté si también es posible percibir el paso de las estaciones en un jardín tropical. Si las tonalidades de verde de las hojas de las palmas varían entre la temporada seca y la de lluvias. Si hay flores que se abren en marzo y flores que cuando termina el verano se caen.

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Al comienzo de Jardín, Bárbara es una niña que, como todos los niños, vive en un tiempo particular. Bárbara está viva, pero es capaz de dialogar con los muertos a través de los objetos y de las fotografías que encuentra en su casa. El universo de Bárbara es el universo infantil del hogar. A medida que va creciendo, la joven Bárbara empieza a interesarse por el mundo. Pero la casa y el jardín de su niñez le acompañan por todas las ciudades que transita.

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El arquitecto finlandés Juhani Pallasmaa dice que, quizás, todas nuestras casas de la edad adulta solo sean búsquedas inconscientes del hogar perdido de la niñez.

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En el prólogo, Loynaz dice que en Jardín no hay ni espacio ni tiempo. Sin embargo, la dirección de la casa en la que se inspira la novela es conocida por casi todos sus lectores: Línea Y 14 en el barrio de El Vedado en La Habana. Mientras somos niños, nuestras casas son nuestro cosmos. El tiempo de la novela Jardín es el tiempo de la infancia, un tiempo al que solo se puede regresar con la memoria y con la imaginación.

Casa de Línea Y 14 en el barrio de El Vedado en La Habana / Foto: Gabriel Guerra Bianchini

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Nacemos exiliados. La primera patria que perdemos es el vientre materno. Unos años después, la infancia desaparece de nuestro cuerpo y de nuestra casa. Aunque sigamos habitando el hogar en el que crecimos, al llegar a la adolescencia, querremos traspasar sus muros para mirar de cerca las luces que brillan en la ciudad. Solo quedarán como recuerdo del niño o de la niña que fuimos algunos objetos y las marcas de nuestras raíces en las plantas de los pies.

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«Y, después de todo, el exilio geográfico, físico, ¿no será un espejismo? El verdadero exilio, ¿no será algo que está en nosotros desde siempre, desde la infancia, como una parte de nuestro ser que permanece oscura y de la que nos alejamos progresivamente, algo que, en nosotros mismos es esa tierra que hay que dejar?»

Severo Sarduy

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Aunque viajó por el mundo, Loynaz vivió en La Habana hasta que se murió. Se mudó de una casa en El Vedado a otra casa en El Vedado. Sin embargo, aunque hubiera pocos metros de distancia entre ambas, vivió la pérdida de la casa y del jardín de su infancia como un exilio. Tampoco podía soportar haberse convertido en testigo de la transformación de su ciudad. Detestaba las torres de cemento que le impedían ver el mar y el cielo. En su poemario Últimos días de una casa, Loynaz escribe: «Cemento perforado. / El mundo se nos hace cemento».

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Siempre me ha gustado vivir en edificios antiguos, y hasta hace poco no sabía explicar el porqué. La clave me la ha dado Pallasmaa, quien en su libro Habitar dice que la arquitectura es capaz de ralentizar, detener, acelerar o invertir el flujo del tiempo experiencial y que los edificios antiguos nos permiten reducir la escala de la eternidad para hacerla comprensible. Las casas y las ciudades antiguas son acogedoras y estimulantes porque nos ubican en un continuum y nos ponen en contacto con nuestros antepasados; el tiempo que proyectan es grueso, lento y táctil. Pallasmaa dice que la modernidad se ha concentrado en el espacio y ha despreciado el tiempo como cualidad indispensable de nuestras viviendas.

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Yo tuve la suerte de crecer en una casa con jardín como la de Loynaz. Una casa con sótano y con azotea, llena de recuerdos de familia y de rincones en los que guarecerse de la mirada de los adultos. A veces pienso en los espacios que le estoy regalando a mi hijo de tres años. En cuáles serán los lugares de nuestro pequeño hogar que añorará cuando crezca. La casa en la que vivimos es una quinta parte del tamaño de la casa en la que crecí. Es imposible no ver lo que hace el niño. No tenemos jardín. A falta de espacio, trato de llenar los cajones de secretos para explorar.

1 Comentario

  1. Bello e inspirador este escrito. ¡felicidades Gabriela!

    Me gustan las edificaciones antiguas. Es muy grato comer o tomarse un trago (pre-COVID-19) en un restaurante clásico bien preservado. Pienso que si los propietarios se esmeran en conservar su lugar de faenas, así de buena debe ser la oferta.

    En cuanto a los patios y jardines… qué recuerdos del gran patio, con sus matas de mangos paridas, de mis abuelos maternos en Mayarí. Un espléndido festín sensorial al cabo de sobre 55 años. Saludos.

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