Cuando se trabaja en casa, y es algo que tengo sabido antes de que la pandemia nos encerrara, hay que mantener la compostura. Actuar como si uno trabajara en una oficina de Hacienda rodeado de gente, ignorando la relativa suerte que es no tener que hacerlo. Someterse al rito social del atuendo debido, la cara lavada, el cuello planchado. Hoy M. y yo saltamos de la cama, nos duchamos, desayunamos unas tostadas con mermelada de higos y nos vestimos con ropa cómoda, pero elegante. ¡Nada de ceder a la tentación del pijama, el chándal o la camisa de Levi’s arrugada cuando trabajas en casa! La pandemia se vence también con elegancia, como sugería ayer Pushkin aquí.

Otra regla básica del encierro es la de no obsesionarse con su razón. Dejar que la amenaza flote ahí afuera, sin invadir el espacio en el que te has recogido. Sabes por qué estás sufriendo este confinamiento de mierda, pero también sabes que será largo y que no hay que desesperarse desde la casilla de salida. Como aquel personaje de John Le Carré, quieres que se te mantenga informado, pero no tan informado.

A ver, para la práctica totalidad de quienes habitamos hoy la Tierra y no conocimos las guerras mundiales, esta es «la catástrofe de nuestras vidas» en el sentido en que decimos de alguien con emoción que es el hombre o la mujer de nuestra vida. Ahora lo que está por ver, ¡y lo sabremos bastante pronto!, es si será también la catástrofe de nuestras vidas en un sentido más lineal. Es decir, si nos destrozará la vida que llevábamos hasta la semana pasada, ya sea quitándonosla o convirtiéndola en miserable porque perdamos a seres queridos, los medios de subsistencia o esa vaga pero tangible noción de la alegría que alimentamos todos los que vivimos en Occidente, comemos japonés una vez a la semana, podemos recitar de corrido denominaciones de vino de un par de países y sabemos con solo que nos roce el labio si valió la pena pagar esa pequeña fortuna por un trozo de Comté o unas lonchas de Joselito, jamón que es una de las más notables conquistas del hombre.

En la tarde, con el grueso del trabajo ya hecho, atiendo a las noticias. Europa cierra su frontera exterior. Rusia cerrará la suya. España lo mismo. Aquí en Barcelona el xenófobo Gobierno regional también pide su fronterita: busca aprovechar la peste general para impulsar la que lleva años queriendo levantar. También sucede con las pandemias, las catástrofes, que lo mismo despiertan la nobleza de la gente, que atizan el cálculo vil: saqueadores, empresarios codiciosos, populistas y tontos en general clamando contra la globalización y el capitalismo, los nacionalismos paseando su virus de cada día por el paisaje del desastre, entre las líneas de batalla. Es por la magnitud, que espanta tanto como alienta.

¡Yo que pensaba que la caída del Muro de Berlín era y sería el acontecimiento histórico y de alcance global más rotundo que viviría! Pues, no. Ahora parece que no. Y no deja de ser llamativo que ambos acontecimientos estén relacionados con la ideología comunista: la Europa partida en dos por la cartografía de Stalin y el virus que llega de la China popular.

No obstante, fue de la isla de Cuba, esa excrecencia de la Guerra fría, de donde me llegó la única noticia que hoy me infundió aliento: la autorización de atraque en La Habana que ha recibido al barco de recreo MS Braemar que buscaba solidaridad para bajar a tierra a los contagiados que transporta. Esa misma Cuba, o más bien otra de las Cubas sucesivas, impidió hace mucho, en uno de los momentos más vergonzantes de su historia, que el trasatlántico St. Louis, un barco que transportaba un millar de judíos que huían de la guerra en Europa, tomara puerto. La historia de esa ignominia es bien conocida. Fondeado el 27 de mayo de 1939 ante la ciudad de La Habana, el St. Louis levó anclas una semana después y devolvió a la práctica totalidad de los pasajeros a Europa. Estudios del todo fiables han demostrado que casi todos ellos acabaron en los campos de exterminio. Y por mucho que la muerte fabril que padecieron los judíos en el Holocausto y la muerte indiscriminada de un virus fuera de control sean magnitudes muy distintas, la suerte de esos dos barcos pidiendo socorro frente a las costas de Cuba ha sido distinta y me felicito de ello.

No, no fue la casualidad la que me llevó a pensar en el St. Louis al leer que el MS Braemar descargará sus enfermos y sus sanos en el Muelle de Luz. Toda la jornada de trabajo la pasé hoy doblado sobre un manuscrito de Vasili Grossman, ayudando a fijar la edición definitiva de uno de sus libros en español. Grossman, el gran escritor judío soviético, el periodista que acompañó a las tropas del Ejército Rojo a Stalingrado y a Berlín. El responsable, junto a Ilyá Ehrenburg, de la compilación de El libro negro, el más rotundo testimonio de las atrocidades cometidas por los nazis en la URSS ocupada. Un libro este último que me tomó casi un año traducirlo al español, trasegando aquel horror.

Me conmueve y a la vez me electriza saber que pasaré junto a Grossman estas semanas de confinamiento. Tal vez él sea mi única oportunidad de encontrar algún sentido en medio de toda esta insensatez.