La muestra «Breath & Delirium»* de la artista cubana Glenda León devuelve al mundo su condición atmosférica e inmaterial. Somos incapaces de estar en el mundo sin alojarnos en el afuera de sus formas. Por eso hacemos bien en recordar que el momento originario de la antropogénesis no radica en el hecho de que pisemos la tierra –como quisiera una mirada telúrica y nómicamente regulada a través de un nomos– sino que, ante todo, existimos como seres que respiramos. En las imágenes sonoras de Glenda León la respiración deviene pura exterioridad, evitando con ello una complicidad secreta con las entelequias del territorio, la lengua, la identidad, las fronteras, o el auto-confinamiento La intuición esencial de León es pensar que respirar significa también habitar y hacer mundo. Habitar no remite al hecho de sentir confort en el seno de un hogar, sino, más bien, a ser capaces de dotarnos de una forma de vida que escapa a las administraciones de la cultura y sus signos. Precisamente porque somos entes que inhalamos, nos encontramos en un mundo donde la atmósfera mantiene la vida fuera del viviente. De ahí que en la medida en que respiramos, y no a condición de poseer esta o aquella propiedad, podamos decir que somos un cualsea. Esta es la inmersión sensible que recorta nuestro brillo en la legibilidad del mundo.

Quienes se aproximen a las obras de Glenda se percatarán de que carece de figuras humanas. Y tampoco tiene por qué haberlas. Si la existencia es principalmente exterioridad, el mundo sonoro se sitúa por fuera de la lucha de las especies. En otras palabras, el mundo de Glenda es esencialmente pagano. Y es pagano porque se ha retirado de la ficción de la persona, así como de las tribulaciones de la economía que organizan las mediaciones intramundanas. Y, sin embargo, en cada fragmento permanece el misterio. El misterio del neuma que en cada una de sus imágenes depone la estabilidad mundana: una planta, un oleaje próximo a la orilla, un paisaje, el vuelo de una mariposa, la aproximación de una brizna de hierba. Theodor Däubler, poeta católico, decía que «las plantas nos enseñan el suave morir de los paganos». En la configuración de lo inmemorial de la obra de León hay un trazo de este recuerdo, cuya sustancia expresiva se sustrae radicalmente a los dispositivos de la culpa y del pecado. El pagano respira y fallece en el pasto taciturno de su jardín. En sus piezas sonoras llegamos a saber que todo perecerá en la physis, pero en la pérdida también acampa el orden de la serenidad. Tal vez sea la serenidad el vórtice más íntimo de la obra de Glenda León: una serenidad pagana que libera las diversiones del cualsea. Desde sus piezas, podemos confirmar que la experiencia en el mundo es poética antes que política o psicológica. Por eso hoy solo una experiencia puede dotarse de legitimidad.

Decir «pagano» supone añadir otro elemento decisivo: asumir el resto inapropiable al interior del orden civilizacional como divinización del mundo. De ahí que un pensador como Mario Tronti –tal vez el último comunista de convicción que ha tenido Occidente– haya podido decir que, en su interior, la clase obrera poseía una «ruda raza pagana» cuyo soplo desmoronaba los ídolos de la reproducción(1). En otras palabras, la figura del trabajador es depositaria, más que de fuerza de trabajo, de una potencia improductiva que desbarata el proceso de la antropomofización del capital. Pero, en la medida en que su despliegue genera un singular lirismo, la transposición sensible de Glenda no puede considerarse como una naturaleza ruda. El escándalo del paganismo en el mundo moderno no es que constituye una herejía, sino que, como ha enseñado un ilustre historiador del arte, sea el único pasaje del misterio con respecto a la génesis de la visibilidad humana(2). Misterio en las formas de lo visible, entonces. El alma del pagano alberga la noche de un mundo en el que las cesuras entre physis y nomos, ser y mundo, vida y muerte, palabra y respiración pierden su capacidad de organizar límites. Los dioses paganos no se encuentran en lo trascendente, sino en la distancia de lo más próximo. Fruto de esta disyunción apofántica, el paganismo irrumpe como una técnica nueva para el mundo.

Glenda León. “Delirium I” (2010)

Hablar de la respiración pagana podría tomarse como algo alejado en el tiempo, un tópico de otro eón, no del nuestro. Pero nada es menos cierto. La crisis que atraviesa el mundo es nominalmente una crisis pagana. Se trata de una crisis de sus formas sensibles entregadas a la maquinación; es decir, sin afuera. De ahí que la mitopoética pagana cuestione los presupuestos materiales de nuestra contemporaneidad. No en vano, la obra de León pone en evidencia la fuerza depredatoria que se ejerce contra la capacidad respiratoria del cualsea. El reciente asesinato de George Floyd en Minneapolis constituye un ultraje contra la forma sensible del cualsea, puesto que ante la plegaria del «I can’t breath», el cualsea ve sometida su existencia al horror de un mundo sin aire. Así como la brutal extinción de su vida desaloja las falsas epopeyas de la Historia, así Floyd se muestra como ser cualsea. En semejante dominio, el poder no tiene otra tarea que la de destruir la vida atmosférica del cualsea, que es lo más sagrado de todo viviente. De este modo, la muerte de Floyd pone de manifiesto la crisis de la dimensión pagana, el que todo ethos se sacrifica por parte de los gobernantes de nuestras sociedades que atentan con insistencia contra el destino del cualsea. Por esta razón, la dimensión existencial del pagano no hace referencia a algo creado bajo los presupuestos de una gnosis voluntaria; en ella se registra la transformación indestructible de la experiencia en el mundo. En su incesante apertura, las imágenes de Glenda dejan un incesante espacio para el recogimiento rítmico.

Podemos decir que las piezas sonora-visuales de «Breath & Delirium» son un contrapunto a las prácticas altamente estereotipadas del arte contemporáneo, el mismo que, orientando su quehacer en función de demandas culturalistas de la actualidad, ha perdido todo sentido a la hora de transmitir la tradición de lo invisible. Las obras de Glenda sitúan el arte en su archi-topos; a saber, en una poesis asintótica entre el mundo de la forma y la temporalidad inenarrable de los sucesos. A diferencia de la transformación del artista en portavoz militante de las «causas», la poesis de León escapa de la maximización de lo político como vector del nihilismo biempensante e desinhibido. Frente a un mundo en movimiento, «Breath & Delirium» apuesta por la turbulencia de la imaginación una vez ahí, que somos arrojados en él, no buscamos otra cosa que respirar. Esta mitopoética de lo sensible alcanza su punto de su fuga en el paisaje. Y como el vuelo de los pájaros o las caídas de las mariposas de sus imágenes, su trazo es el comienzo de un viaje perpetuo. Un tránsito que recoge el céfiro con la única ambición de redoblar el horizonte y comenzar a respirar hacia el fin del mundo.

Breath & Delirium: Selected Works of Glenda León», curada por Patricia Ortega-Miranda, University of Maryland Gallery, 16 de julio – 25 de septiembre, 2020.

Notas

1. Mario Tronti. Noi, operaisti (Derive Approdi, 2009).

2. Edgar Wind. Pagan Mysteries in the Renaissance (Penguin, 1967).