Abilio Estévez, fijeza en el desarraigo

De niño, José Lezama Lima vio las linternas del cuartel Columbia como un «monstruo errante que descendía a los charcos, ahuyentando a los escarabajos». Quizás esa misma luz —pero más vieja y amarilla, a punto de apagarse— haya quedado en la memoria de Abilio Estévez, nacido en 1954 muy cerca de la ciudad militar. En ese espacio común, enriquecido por la ficción y por la ausencia de una batalla —nunca se enfrentaron allí los ejércitos de Fulgencio Batista y Fidel Castro—, se fija un parentesco entre ambos escritores, una herencia. 

Cómo conocí al sembrador de árboles, el libro de relatos más reciente de Estévez, comparte el empeño de Paradiso: la recreación minuciosa de un mundo a través de la palabra, lograr la imagen, la textura y el sabor de un lugar que se perdió. Su cercanía con lo espectral, su estilo tranquilo y bien tramado, lo acercan también a Javier Marías, para quien el fantasma es «alguien a quien ya no le pasan de verdad las cosas, pero que se sigue preocupando por lo que ocurre allí donde solían pasarle y que —aun no estando del todo— trata de intervenir a favor o en contra de quienes quiere o desprecia».

Entre el monstruo y el fantasma, Estévez entrega al lector veintidós piezas de largo aliento, sin el más mínimo atisbo de rencor y en deuda sólo con su memoria. Se trata, además, de una lección de maestría literaria en un panorama narrativo tan desabrido como el cubano: el habanero es, sin duda, el más importante autor vivo de la Isla. Hacen mal los críticos y la propia editorial en simplificar el libro como un «alegato por la libertad», una resistencia frente a la «deriva política» de Cuba. 

Sin duda, los relatos no tienen la misma carga para un exiliado, para alguien que viene de una isla y de una sensibilidad, que para el lector de otras latitudes. Pero lo cubano, en Estévez, no es nunca superficial ni turístico. Busca la clave remota, el núcleo, lo que rompe la frontera y cruza el límite. Estévez, como uno de sus personajes, «vivió en La Habana, que es una manera de decir que estuvo al tanto de los altibajos (los bajos) de la Historia». 

Los protagonistas de los cuentos residen en un territorio que ha perdido toda la densidad, casas abandonadas o ciudades en ruinas, aunque nadie las bombardeó. Presos del recuerdo, de una traición olvidada o peor, de una antigua gloria o linaje, las criaturas de Estévez son a menudo errantes. Tienen que irse. 

El narrador va recogiendo esas vidas rotas —unas veces ajenas, otras del álbum familiar— y les coloca, como hacían Hemingway o Cabrera Infante, una viñeta que matiza o interpreta el relato. La fábula que abre el libro —y que reaparece hasta el último momento— enseña que esa palabra inicial, la ficción tranquilizadora, es el único consuelo que tenemos, aunque sea tenue. En una región asolada, como la vida, por las bestias, el remedio es colocar emblemas: «En esta aldea, los tigres no son bienvenidos». 

El Abilio joven, fresco, es quien navega con mejor fortuna por las páginas del libro. Cómo conocí al sembrador de árboles lo protege definitivamente del tiempo y la muerte. Hace que camine una vez más por la escalinata de la universidad, que naufrague en la noche habanera u hojee una copia artesanal y clandestina de Fuera del juego, el poemario maldito de Heberto Padilla. 

Ese mismo Estévez, ya adulto en el destierro mallorquín, ofrece la «razón final» de sus cuentos: «Intenté salvar la catastrófica historia del desplazamiento, también la fijeza del desarraigo (que es un modo de arraigo), de todo un pueblo. Es decir, que escribía sobre mí, aunque no sólo. Un pueblo, el mío, enfermó de espera y terminó desesperado». 

Casi al final reaparece Lezama, aliviando su asma con polvos de belladona. La visión del viejo maestro sobre su sillón, en equilibrio frente al vacío, pobre y opulento a la vez, ofrece la verdadera clave cubana que buscan siempre los libros de Abilio Estévez: intentar siempre lo más difícil, conservar la memoria, soportar con serenidad las desdichas y quemar un tabaco —la vida.

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4 COMENTARIOS

  1. Magnífica reseña. Me ha puesto muy triste cuando Xavier cita a Abilio. Y dice: «Un pueblo, el mío, enfermó de espera y terminó desesperado».

  2. Excelente escrito , para un autor puro , profundo , quien no vendió su alma al diablo , sus obras son de una cubanía indescifrable para muchos y irresistibles para otros . Tuve el honor de ver algunas de su obras de teatros en el grupo irrumpe , las consumí de forma desmedida , pues me llegaban a fibras débiles y profundas , ahora saboreo sus obras no teatrales . Es único particular mágico e irrepetible.

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