Michael Herr o la guerra como patrimonio

    Por estos días se cumplieron cuarenta y un años de la primera reseña de Dispatches de Michael Herr en la sección de libros de The New York Times. Pensamos ahora, revisando las crónicas de guerra del propio periódico, en la imposibilidad de volver a contar con un libro semejante. Ni el modelo de corresponsal de guerra que fue Herr sobrevivió a Vietnam, ni los descreídos y maleducados lectores aceptarían una crónica salpicada de ficción. Ni siquiera, si otro libro así lograse salir a la luz, nos parece que la corrección política del NYT le permitiría reseñarlo, no ya elogiarlo. Sin embargo, otros cuarenta y un años después Dispatches seguiría en los escaparates físicos y virtuales, como un recordatorio de lo que alguna vez fue capaz el periodismo. De momento sobrevive como pieza de culto del periodismo de guerra.

    Se trata de un texto que, al igual que su autor, está situado poéticamente en un limbo: un relato impresionista del tipo Nuevo Periodismo, pero lo suficientemente alejado del entonces creciente aire beatnik. Herr, el hijo aventurero de un joyero de Siracusa, Nueva York, no pertenecía a los jóvenes del pacifismo, pero llegó a la guerra en el momento en que comenzaba a tomar la cara terrible de la derrota y la desconfianza crecía. Necesitó un par de años luego del final de la guerra para recomponer su persona, ordenar sus apuntes y luego escribir su propia obra maestra. El alboroto que produjo su salida sobrepasó cómodamente los nueve dólares que costaba adquirir el tomo, cortesía de Alfred A. Knopf. Tal es así, que el comedido Times no dudó en permitirle al crítico Leonard Wood oraciones como esta: «Es como si Dante hubiese ido al infierno con un casete de Jimi Hendrix y el bolsillo lleno de pastillas».

    Fue todo lo que necesitó la opinión pública para hacerse eco de ello. Vietnam es para los americanos la historia de una traumática derrota colectiva y, a la vez, una trinchera común contra el Estado que los mandó a morir juntos a todos: republicanos y demócratas, blancos y negros, hijos de ricos y pobres. Como bien dijo C.D.B. Bryan en 1977, aquella contienda «requirió no solo nuevas técnicas de guerra sino nuevas técnicas en la escritura también».

    Con su graduado de Literatura por la Universidad de Siracusa y su breve paso por la base militar de Fort Dix como freelancer para la revista Holiday, el inquieto Michael Herr ansiaba precisamente eso: algo más que la misma manera de relatar la guerra hasta entonces. Sus inclinaciones por Hemingway lo habían llevado al camino bélico y sabía que su oportunidad de escribir una obra maestra estaba ahora al otro lado del mundo. En mayo de 1967 envió una carta a Harold Hayes, editor de Esquire, solicitando la oportunidad de ser enviado como el hombre de la revista en Vietnam. Habló de una columna mensual, de temas relegados a un segundo plano por lo informativo y, sobre todo, de relatar los hechos de la mejor manera. Esto es, en periodismo, lo más cercano posible a la realidad. Unos meses más tarde el joven de 27 años aterrizaba en Saigón con una credencial de Esquire dotándolo del rango honorífico de Teniente Coronel, el cual le permitía acceso a todo tipo de transporte aéreo y libre movimiento por el país.

    El libro no es una recopilación de los textos enviados a Hayes. En gran parte porque nunca llegaron en la forma, ni en la frecuencia acordados y porque algunas de las piezas pasaron al libro con transformaciones de distintos tipos. Los capítulos de pórtico y cierre — “Inspirando” y “Expirando”— están escritos desde el punto de vista del soldado que logró regresar a casa, de ahí su ubicación clave dentro del tomo. Se entiende que, de los otros cuatro capítulos, haya mucho material que Hayes nunca recibió de Herr durante su servicio para Esquire.

    La correspondencia entre ambos revela a un reportero inconforme que se pregunta cómo los periodistas en el terreno aspiran a encontrar la verdad de la guerra y relatarla, ante la premura de los cierres informativos y la censura de los militares. La situación estaba al límite y en carta de enero del ´68 el periodista le confiesa a su jefe las sospechas de que la próxima primavera sería la etapa más sangrienta de la guerra hasta entonces, el momento en que podría finalmente enfrentarse a la verdad, «pero nadie acá lo admitiría jamás». De ese espacio de tiempo se ocupa “Hell Sucks”, especialmente la batalla de Hue, la cual Herr sí reportó para la revista que lo había mandado hasta allí por mucho menos dinero del que valía el puesto. Así también fue como el atípico corresponsal se vio atrapado dentro de la campaña militar conocida como la Ofenisva Tet, una brutal embestida de las tropas del Viet Cong contra los principales emplazamientos yanquis. El capítulo titulado “Khe Sanh” agota ese espacio de tiempo y, como en la propia historia de la campaña, representa el clímax del relato.

    Es a partir de ese momento en que comienzan los verdaderos aportes de Herr al patrimonio cultural del pueblo que fue a morir hasta aquellas junglas. Es cierto que su relato periodístico está atravesado por la ficción, pero ¿por qué habría de contar toda la verdad si la Associated Press y la CBS mintieron de una peor manera? «Ésta es nuestra verdad», parecen decir los soldados de sus crónicas, «no la de los Generales, no la de los noticieros». Desde una posición periodística que nunca más sería igual después de él, Michael Herr utiliza imágenes poco probables, pero legítimas en la opinión de los supervivientes: escuchando por primera vez a Jimi Hendrix mientras las tropas eran sitiadas en un arrozal o la arenga de un soldado a otro por patear lo que parecía un poncho sangriento y en realidad era la bandera de Estados Unidos.

    Desde el lenguaje, por supuesto, también hay un triunfo en Dispacthes. Herr escoge irónicamente el mismo nombre que tenían los cables monocordes y fríos que enviaban las agencias semanalmente, boletas con más números que palabras, refiriéndose a las muertes como “casualties” y llevando una rigurosa (y ficticia) cuenta que comprendía promedios, tasas de ascenso o descenso y hasta récords. De esta manera, transforma para siempre el significado de la palabra, despojándola de toda la sucia corrección y vigorizándola con su relato trágico y demencial de la guerra.

    Encima, su narración adquiere peso en la jerga de los soldados y en los recursos estilísticos que sugieren un panorama infestado por el opio, el achís y otros estupefacientes. Entre muchos otros, este fragmento sobre la experiencia única del combate en Vietnam ha prosperado en el público lector y los críticos de Dispatches, quizás por su trágica sensualidad:

    «Pero todo cambiaba en cuanto la cosa empezaba de veras. Eras exactamente igual que cualquiera, no podías actuar ni reaccionar. Siempre era igual, volvía, aterradora y bienvenida, huevos y tripas encabritadas, los sentidos como estrobos, continua caída libre hasta las esencias y luego salir de un vuelo otra vez lanzado hacia el foco, como ese primer chupinazo fuerte del viaje después de tomar psilocibina, hasta llegar al sosiego en que se despliegan toda la alegría y todo el pavor que haya podido y pueda experimentar un ser humano, inexpresable en su brillo veloz, rozando todos los bordes y pasando luego, desvaneciéndose, como si todo hubiese estado controlado desde fuera por un dios, por la luna. Y luego quedabas agotado, vacío de todo; solo sabías que seguías vivo, pero no podías recordar nada, solo que aquello era como otra cosa que antes habías sentido una vez. Y el recuerdo permanecía oscuro mucho tiempo. Pero después adquiría forma y sustancia bastantes veces y se desvelaba por fin una tarde al iniciarse un ataque. Era la misma sensación que habías experimentado cuando siendo mucho, muchísimo más joven, desnudaste a una chica por vez primera».

    Es este el tipo de memoria que los americanos prefieren compartir de Vietnam. No por gusto Herr tuvo un papel fundamental en las que posiblemente sean las dos mejores películas sobre la guerra: “Apocalypse Now”, de Francis Ford Coppola y “Full Metal Jacket”, de Stanley Kubrick. Al regreso, David Halberstam y The New York Times terminaron con el Pulitzer bajo el brazo y con el merecido reconocimiento de los puristas de la prensa, pero Dispatches es el libro con el que los americanos prefieren recordar aquel fallo. Es el testamento personal de millones de veteranos para sus hijos y nietos.

    ***

    El penúltimo capítulo de Dispatches titulado secamente Colleagues es a medias una respetuosa reverencia a los profesionales de la prensa que Herr conoció en Vietnam y un intento final por hallarse a sí mismo dentro del sinsentido de la guerra. Lo encabeza el fragmento que sigue:

    «En un rincón de la casamata, sujeto a la cúspide del casco de acero con cera fundida, arde un cabo de vela, su luz temblequea sobre la destartalada máquina de escribir, y el Viejo teclea una crónica (…) Fuera se oyen caer obuses, se desprende un chorro de arenilla del techo que cae sobre la máquina, pero la vela sigue ardiendo, arrojando su luz desvaída sobre la inclinada cabeza y los escasos restos de pelo canoso. Dos hombres, el coronel y el Chico, están de pie en la puerta observando. “¿Por qué, señor?”, pregunta el Chico. “¿Por qué lo hace? Podría estar sentado en este momento en Londres, seguro, sin ningún peligro”. “No sé, hijo”, dice el coronel. “Quizás también piense que tiene una tarea que hacer. Quizás sea porque de veras se preocupa…”»

    Luego de Vietnam, los Estados Unidos se cuidaron de volver a otra guerra sin controlar debidamente a sus periodistas. En las décadas siguientes los ejecutivos de la prensa y los comandantes del ejército acordaron adoptar el sistema conocido como “embeddement”, o sea, periodistas conviviendo y moviéndose junto a las unidades militares sobre las que escriben. Aunque otros grandes corresponsales han concebido series de reportajes de gran valor, obras de la estatura de Dispatches siguen sin aparecer y no hay señales de que ello cambie pronto. La interpretación profunda de un fenómeno crucial como la guerra se ha trasladado entonces enteramente a la ficción, de ahí la irrupción de algunas novelas notables como Los pájaros amarillos. Con el retiro de Herr se extinguió el último exponente del linaje comenzado con William Howard Russell y su famosa «delgada línea roja»: el corresponsal-héroe.

    Gracias al impulso de Edmund Wilson y su Library of América, en 1998 el libro de Herr quedó contenido dentro del segundo de los dos tomos que la editorial dedicó al trabajo de la prensa en Vietnam. Él, por su parte, escribió otro libro sobre Las Vegas (The Big Room) y un par de piezas para Vanity Fair sobre su amigo Kubrick. «La guerra y la escritura», ha dicho Graydon Carter a propósito de Herr, «tomaron un distante segundo lugar ante el verdadero asunto de Michael, el Budismo». De cualquier manera, ni el éxito de ventas de su libro, ni su inclusión en la inmortal lista de la L.O.A sirvieron para hacer escribir ficción o periodismo a gran escala otra vez a Michael Herr.

    Desde aquella primera reseña en el invierno de 1977, hasta su muerte en el 2016, pocas veces su nombre volvió a los periódicos y se le vio cada vez menos en público. Casi medio siglo después de que Michael Herr recorriera el suelo y el aire infestados de Vietnam por la impostergable necesidad de contar la verdad, otra vez creemos ser nosotros mismos ese Chico que se pregunta todavía: «¿Por qué?».

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    1 COMENTARIO

    1. […] Nunca me gustaron las novelas de no ficción. Todavía hoy, la gente supone que El arte del asesinato político estaba influido por A sangre fría, de Truman Capote. Pero no me gustó nada, no me gustó la forma en que Capote se convirtió a sí mismo en protagonista, y no tenía ningún interés en La canción del verdugo de Mailer. Sí me gustó Joan Didion, no su interpretación de El Salvador, sino su forma de escribir, especialmente, El álbum blanco. Me encantaba Michael Herr. […]

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