Entre los nuevos símbolos de la Cuba poscastrista, cuyo eje rector lo compone una casta tecnócrata de militares reconvertidos en empresarios al mando de sucursales anónimas, destaca el Gran Hotel Manzana Kempinski.
Cuando los quince me alcanzaron sin haber tenido novio, me volví sospechosa de ser homosexual. A la inseguridad que me generaba el hecho de no haber tenido novio se le sumó entonces algo peor: vergüenza.
Cuba tiene una feroz habilidad para deshacer cualquier amenaza a su grotesca normalidad, transforma todo aquello que podría ser historia en anécdota. Pasan cosas, pero al final, no pasa nada.
Yo soy cubano nacionalizado en los Estados Unidos, lo que se dice cubano guion americano, pero en realidad es ahí donde yo vivo, sobre el guion, porque ambos países me son necesarios, claro, pero aun así no creo pertenecer del todo a ninguno.
Arrastraba una profunda depresión, nos dice la prensa oficial, en un país donde los medios nunca dicen nada y donde tampoco está permitido sentir otra cosa que no sea un furioso optimismo por el porvenir.
En un mundo cada vez más individualista, todos son bienvenidos en los conciertos del Indio. Una Argentina que lo dice en su propia Constitución, aunque ahora parezca que nos estamos olvidando de eso: “para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino”».
Por eso, las obras reunidas en ‘La prisión invisible’ —también las que no pudieron llegar físicamente a la sala, pero que existen— son, ante todo, una afirmación identitaria de esas vidas. Una manera de decir: seguimos aquí, seguimos siendo.