A los mercados de Quito, San Roque, La Ofelia, El mercado Central, el Santa Clara

La música unifica el espacio público, el sonido es moderado. Estoy en un centro comercial una tarde cualquiera, en una nave grande dividida en cubículos, donde se venden cosas de todo tipo. El mercado no se ve tan lleno, las personas caminan lentas como si les pesaran las piernas, sin ritmo al desplazarse, individuos destinados a permanecer sentados debajo de unos árboles mirando cómo las montañas sobrepasan la hilera de nubes blancas. Da la sensación a primera vista de que los negocios no venden. Las escaleras están en el centro del recinto, en medio de una gran explanada circular, en la cubierta y en el techo. Las tejas son translúcidas. El sol está en el centro del cielo, la luz se derrama por la escalera monótona. La imagen parece una revelación, sobre todo cuando las personas suben y el resplandor rodea sus cabezas.

La violencia no se ve, aunque sí existe. No he dejado de tener miedo desde que vivo en Quito, debido probablemente a la práctica que se ha apoderado de mí en las mañanas: desayunar escuchando las noticias. Oigo las diferentes cadenas de información, mientras doy mordiscos a un pan con mantequilla que suelta virutas. El locutor de turno trata de informar: asaltos, asesinatos, violaciones, robos, políticos corruptos. Estas noticias son las mismas de siempre. A pesar de las repeticiones, sigo interesado en escucharla. Soy como la escalera que a diario suben y bajan las personas que asisten al mercado. Escribo tratando de entender qué acontece a mi alrededor, en mí.

Foto: Yanier H. Palao

Me duele el estómago, suelto muchos gases, por la boca, por el culo, no tienen olor, mi estómago se ha vuelto una caldera efervescente. Lo más seguro es que tengo gastritis. He tomado mucho antibiótico para contrarrestar la infección en la garganta, cuarenta años ingiriendo esas cápsulas que por un lado me alivian el dolor y por el otro me generan llagas en las paredes del aparato digestivo. Escribir es como entrar al cuarto oscuro de los bares gay, uno nunca tiene la certeza de a quién besa, o a quién masturba, o de quién es la boca del que te la mama. Pero, en cambio, se tiene la certeza de que uno asiste a esos lugares para tantear, para dejarse llevar por los instintos. Aunque al ver el cuerpo que habías besado te arrepientas una y mil veces. Te arrepientas del viejo feo sin dientes que saboreó tu semen, el que se lo trago hasta la última gota, te arrepientas porque la vista pone obstáculos. Escribo sin saber, poniendo palabras, tratando de llegar, como cuando entro a los cuartos oscuros con las manos extendidas, para tocar la mezclilla abultada, los labios húmedos, las manos de una piel suave.

Escribo para saber de ellos, de sus tejidos conformados por múltiples colores. Uno pensaría que la región andina es muy alegre, llena de telas con vibrantes tonos. Pero esas telas, esos abrigos se hacen para satisfacer el gusto exótico de los extranjeros. Yo también soy extranjero, también terminé fascinado ante sus colores. La gran mayoría de los quiteños visten de negro, siena, gris o rojo. Inconscientemente quieren alejarse de las vestimentas de los pueblos originarios. Nadie lo dice, nadie se atrevería a decirlo. Los jóvenes de algunas universidades particulares, las más caras, usan suéteres tejidos y coloridos pantalones de Otavalo. Pensé encontrarme más jóvenes vestidos con esas ropas en la universidad central, pública, pero el contraste existe y se logra por yuxtaposición.

Sigo sentado, viendo cómo sucede el día. Una gota cae en mi cabeza, hay una filtración en el techo. El cielo se ha nublado, cosa que siempre ocurre, son raros los días que no llueve. Pienso en los vendedores ambulantes, los que tienen kioscos por las aceras. Pienso en el frio que deben pasar, en la enfermedad, en sus gargantas, en sus pies mojados. Cómo lo hacen, cómo logran trabajar a diario con esa constante lluvia y no logran enfermarse. Yo, hasta hace poco, pensaba que era un hombre fuerte, pero viéndolos a ellos me percato de que soy débil.

Foto: Yanier H. Palao

Los niños de las mujeres indígenas comerciantes corren libremente por los pasillos, traen manzanas, plátanos, comen dulce de chocolate, veo sus rostros sucios. Los rostros de esos niños son redondos, de ojos rasgados, sonríen y me enseñan sus dientes pequeños y uniformes. Yo permanezco sentado en un banco, un niño se ríe al mirarme, le comenta algo al oído a otro niño más grande, siguen riendo, el más pequeño se esconde detrás de una columna, quieren jugar conmigo, yo hago como si no me percatara de ellos, pero su presencia es aterradoramente vivaz, siguen corriendo, se gritan, se caen, nadie los levanta, lloran por poco tiempo, las madres no se enteran de los accidentes. Las frutas, los dulces caen al piso, los niños lo recogen sin ningún resentimiento y se lo llevan a la boca. Los más grandes me miran al morder la manzana recogida del suelo, ellos saben que están violando lo establecido, por eso quieren exhibirse. Un acto natural cuando se transgrede. Las comerciantes permanecen sentadas en sus puestos, una al lado de otra, conversan muy poco entre ellas, se quedan casi todo el día tejiendo, sus manos, sus ojos hacen nudos, pasan el hilo grueso de lana por las agujas de madera. 

Muy cerca, unas muchachas venezolanas tienen un puesto de arepas, hasta aquí llega el olor cargado del aceite refrito. Las jóvenes venezolanas no usan abrigos, ni adornos en su vestimenta, una blusa con un gran escote muestra parte de las tetas. Una cadena delgada con el dije de una cruz, imitación de oro, cae entre los senos de las muchachas de piel trigueña y cabellos ensortijados. Siempre ríen. Parecen haberse adaptado a la región andina. No tratan a sus clientes con amabilidad. Hay un deprecio cuando hablan, no colocan las palabras, las sueltan, lanzándolas como si no les interesara parecer amables, contrario al comportamiento de las mujeres indígenas que venden artesanías, yerbas o condimentos. Ellas sí hablan pidiendo, más bien suplicando que les compren. No miran a los ojos. 

Alrededor de la cafetería de las venezolanas hay chicos jóvenes, muchos parecen quiteños de abrigos con las mangas remangadas hasta los codos, luciendo sus brazos fornidos con tatuajes. Uno de ellos lleva unos lentes circulares a lo John Lennon, en la oreja izquierda le cuelga un arete de una cruz que se mueve nervioso. Tiene una barba no muy tupida, negrísima, que contrasta con el color de su piel. Es un chico hermoso y moderno. Las muchachas saben coquetear, el joven dispuesto ríe, mientras se toma una cerveza que ellas mismas le vendieron. Los niños no me pierden de vista, saben que yo también estoy alerta mirándolos con el rabo del ojo. Ellos saben que no me agradan sus gritos, ni sus carreras, algunos dirían alegre.

Foto: Yanier H. Palao

En la parte superior están los puestos de venta de carne, embutidos y morcillas. Olor a sangre, a menudencia hirviendo. En las neveras se guarda la carne que ha quedado del día anterior, y justo esa es la carne que compro muchas veces, cuando ya no es fresca y el precio se devalúa incluso a la mitad. No me gusta ver los puestos, ni caminar por los pasillos, pero mi deseo morboso es mayor. Lo hago solo por vivir la experiencia. Al lado está el patio de comida, de rústicas mesas y sillas. Es un lugar para calmar el hambre, los vasos no están bien lavados, a los platos le faltan pedazos de cerámica por los bordes, y los cubiertos se ven opacos, son de un metal ligero que se doblan al ejercer presión para comer.

Del otro lado están los puestos de frutas y flores, un lugar lleno de colores como los ponchos. Es un puesto alegre, aun cuando el señor que atiende no tiene un buen día. Me han dicho que las flores que se venden en el territorio nacional son las que desechan las grandes empresas de exportación. Yo, que no soy un experto en rosas, las veo magnificas. Compro un dólar de rosas amarillas. Me dan diez, una cosa increíble. Camino con mi ramo de rosas mirando para abajo, me explicaron que, si llevo las rosas mirando para arriba, las rosas recogen las malas energías del espacio y después las flores esparcen esas malas energías, cuando las ponga en agua en mi cuarto. Tengo precaución, ni un instante pongo las flores mirando para arriba. Al lado del puesto de las flores y frutas está el puesto de las velas e inciensos. El olor aquí se contamina, se mezcla, se vuelve en algunos sitios indescriptible. El olor de la sangre y el de las vísceras de las carnicerías, junto al olor de los condimentos de las cocinas del patio de comida, el aroma de los inciensos prendidos, el de palo santo, el de las flores y frutas.

Casi al final, al lado de una pared de vidrios donde la luz pasa tranquil, a pesar de la suciedad de los cristales, hay dos puestos muy curiosos. Una señora vende yerbas para brujerías, limpiezas o para hacer mejunjes, cocimientos para combatir una maleza. Las yerbas están en baldes plásticos de diferentes colores. Con un marcador de color negro en las paredes del balde, se anuncia para qué sirve cada yerba. Existen diferentes tipos de presentaciones de las yerbas: curativas o mágicas. Aparecen deshidratadas en frascos, en aceites o en jarabes. Algunas sustancias son para esparcir en habitaciones, o lugares de trabajo. Otras se vierten en el agua para el baño. Algunas se aplican en las zonas del cuerpo donde se padece dolor o contracturas. Hay muchos tés de cosos que nunca había visto: de saltamontes deshidratados, de flores, junto al polvo de alguna piedra. Justo al lado del puesto de las yerbas hay un cubículo grande con puerta cerrada, al estilo de las consultas médicas. Arriba de la puerta dice, con una caligrafía torpe: «Se hacen limpiezas». Un grupo de personas espera afuera, una voz rápida reza en un idioma que no conozco. Se escuchan unos azotes, quejidos. Por un momento parece que llora una persona. La gente que esperan no quiere ser reconocida, por eso permanecen con espejuelos oscuros, gorras, sombreros, mirando así el suelo, ni siquiera entre ellos se dirigen la palabra.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo no será publicada. Todos los campos son obligatorios.