La Asociación Nacional de Investigación y Terapias de Homosexualidad (NARTH, por sus siglas en inglés), fundada en 1992 por Joseph Nicolosi y con sede actual en California, es una de las más conocidas organizaciones que se dedican a «cambiar la orientación sexual» de sus pacientes. Según sus propios y dudosos estudios, de cada cien pájaros que entran a sus sesiones, más de treinta salen con sed de hembra, con ganas de ver y probar senos voluptuosos. Esos treinta son los que logran superar, luego de solo algunas semanas y meses, los traumas infantiles que impulsaban sus abominables atracciones. Me refiero a abusos sexuales, o ausencia de figura paternal, o complejos físicos. De los restantes, que siguen siendo pajaritas perdidas, la NARTH no ofrece muchos datos.

Esta organización se felicitó a sí misma a principios de 2007 a través del afamado líder evangélico norteamericano Ted Haggard, pastor de una iglesia en Colorado de más de 14 mil miembros, que mientras se ganaba un reconocimiento nacional por su activismo antihomosexual, le pagaba a un prostituto cuarentón para que lo penetrara y le vendiera anfetaminas. Tres años duró el romance prohibido. Michael Jones, el amante, lo contó todo y una comisión eclesiástica inquisidora hizo la labor de espionaje. Ted no pudo negarlo por mucho tiempo. Reconoció su «parte oscura y repulsiva» ante su esposa, hijos, fieles, y la mirada del periodismo internacional. Ahí intervino la NERTH y lo curó en tres semanas.

No usaron electroshocks como en los años ochenta, ni le indujeron vómitos con una droga mientras le mostraban imágenes de penes jugosos o pectorales velludos. Los terapeutas lo situaron frente a espejos a vacilarse su rabo y tocárselo. Le facilitaron modelos masculinos que le sirvieran como tutores, para que los oyera hablar y los viera caminar, y por imitación reforzara su rota masculinidad. Con estas y otras prácticas igual de ridículas, y sepultado por una avalancha de literatura bíblica de autoayuda, el ex consejero de la Casa Blanca se declaró sano de aquello, tanto que, un breve tiempo después, comenzó a ayudar a jóvenes en quienes moraban los mismos deseos abominables.

La historia del protestantismo contemporáneo y de quienes aplauden las terapias de conversión está infestadas de escándalos similares, con el cristianismo cubano incluido. Nuestra iglesia evangélica ha tenido, de maneras silentes y poco estructuradas, sus propias formas de terapias de conversión de homosexuales. 

Aunque no han desarrollado estudios, sus resultados no se han acercado al laureado 30 por ciento de efectividad de la NERTH. Sigue habiendo piedras porque sigue sonando el río. La iglesia es una cantera de homosexuales. Yo salí de allí, y tengo grandes amigues que lo hicieron de igual forma. Algunos, tras ser descubiertos, fueron víctimas de formas de terapia. Osmel Padilla recibió psicoterapia espiritual y progesterona bíblica en la Iglesia de las Asambleas de Dios en Santiago de Cuba, hace menos de cinco años. A muchos otros les impusieron manos para sacarle el demonio. Otros, como yo, huyeron antes de empezar la jornada. Algo en común teníamos la inmensa mayoría de los, las y les detectades. No queríamos abandonar la fe, pero tampoco queríamos abandonar la pinga.

Casi todos los homosexuales terminamos lejos estas iglesias. Algunos nos llevamos nuestra creencia y la adaptamos a nuestras circunstancias. Pero todo sería diferente si la Biblia no condenara la homosexualidad. Todo sería diferente si el mismo artífice de la fe cristiana hubiese sido gay. ¿Se imaginan?

Si entre mis lectores hay algún fundamentalista (porque nadie sabe si escribe pal inglés), espere terminar de leer para crucificarme. Primero, déjenme traerles algunas de las razones bíblicas que le hicieron, al Manuel estudiante de Teología de aquellos años, concluir semejante herejía.

***

«Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán, y fue llevado por el Espíritu al desierto por cuarenta días, y era tentado por el diablo». Así comienza el capítulo cuatro del Evangelio según San Lucas, para narrar los cuarenta días durante los que el diablo tentó al Nazareno ayunante.

El tiempo verbal del vocablo «tentado» en las escrituras originales sugiere un estado permanente de asedio e incitación. El tiempo presente del griego koiné es el presente continuado de nuestro español (-ando, -iendo) y del inglés (-ing). Por lo tanto, indica que Jesús era probado una y otra y otra y otra vez, un acoso. Enunciado desde la voz pasiva, al igual que «llevado por el Espíritu al desierto», sugiere que Cristo no inició ni fue protagonista activo de nada; ni de irse al calor del Sahara ni de ser tentado por Satán. Cristo en este caso fue el sujeto pasivo. Sin segundas ni ironías. Los activos, los que lo hicieron todo, fueron el Espíritu Santo y el Diablo. 

Los teólogos infieren que solo fueron narradas estas tres tentaciones por lo relevantes y abarcadoras que resultan. Pero, obviamente, el Espíritu no se iba a llevar a Jesús a pasar calor y hambre durante cuarenta días para que fuese puesto a prueba solo tres veces. Tres veces que podrían haber sido en un mismo día, según inferencias posibles del texto original. 

Llevarlo al desierto durante cuarenta días para aplicarle un control parcial de tres preguntas, que Jesucristo podía resolver en una hora, y darle el aval de Mesías, sería una hijeputá, en buen cubano y hasta en griego antiguo.

En todo el Nuevo Testamento se establece una verdad medular sobre la naturaleza de Jesús: fue totalmente divino y totalmente humano. Los teólogos posteriormente llamaron a esto unión hipostática. Entiéndase aquí que la teología no define a Cristo como un Hércules; es decir, no heredó el 50 por ciento de genes de la paloma y la otra mitad de María. Fue más un dos en uno. Sí, es muy loco, pero bueno, sigamos ese análisis para poder llegar al fondo del asunto.

Precisamente por ser Jesús también totalmente humano hubo necesidad de que fuera llevado al desierto a los treinta años. ¿Por qué y para qué? Porque era la voluntad de Dios Padre de allá arriba, no del que estaba aquí abajo en ese entonces, enviar un salvador (a Dios Hijo) capaz de ponerse en el lugar de los humanos; que hubiese sido probado y seducido al igual que sus posteriores acólitos (Hebreos 4:15).

En la carta de Santiago, canónica del Nuevo Testamento, se lee que «Dios no puede ser tentado», en voz pasiva, por lo tanto, la única salida exegética que nos queda para no incurrir en contradicción es que si Jesucristo, siendo totalmente Dios, fue tentado en el desierto, pasivamente tentado, la parte de suya sufrió ese asedio permanente durante cuarenta días no fue la divina, sino la parte humana. 

Entonces aquí viene el dilema gordo. O Santiago no se percató de las implicaciones teológicas de sus palabras, o su doctrina no ha sido expuesta en todo su esplendor por nadie para no ser tildado de desequilibrado. 

Vamos al capítulo primero de su carta. Santiago mismo dijo ahí que nadie, ningún humano (por lo tanto, incluye la parte humana de Cristo) es tentado por Dios. Hasta ahí cero incongruencias porque, según Lucas, quien tentó a Cristo fue el Diablo. Pero Santiago dice algo más. «Cada uno es tentado cuando de su propio deseo es atraído y seducido». Traduciendo los versículos siguientes desde el griego, dice algo como esto: «Una vez que alguien se embaraza con esa pasión prohibida, pare después el pecado, y cuando el pecado se lleva a cabo de forma integral conduce a la persona que lo gestó a la mortandad».

Para darle contexto, debemos decir que el apóstol Santiago estaba regañando a los cristianos que culpaban a Dios o a otras causas externas de sus tentaciones y de sus pecados. Ustedes pecan porque tienen el posse peccare, como definiera Agustín de Hipona: la posibilidad de pecar, el deseo de pecar. Pero Agustín y demás teólogos emblemáticos, cuando definieron a Cristo con posse non peccare, en latín, la imposibilidad natural de pecar, tuvieron que saltarse esta página de la Biblia, porque dicho versículo rompe una buena parte de la teología cristiana, ya que, si todos los humanos son tentados porque dentro de ellos viven estos deseos, esta epidsumía (en griego, deseo y codicia por las cosas prohibidas), Jesús también tuvo en su naturaleza humana tales pasiones malignas. Si el Jesucristo en tanto Dios no pudo ser tentado, y en efecto la Biblia afirma que Jesucristo en tanto hombre sí lo fue, entonces solo pudo haberlo sido porque en su parte humana moraban todo tipo de atracciones pecaminosas. Creo que ya lo pillaron. Pero déjenme darles un argumento mayor aún. Esta era solo la cabeza del monstruo.

El capítulo dos de la Epístola a Los Hebreos es una pieza clave aquí. Es como el marisco, o te encanta o te intoxica. Lo primero que quiere probar el autor del libro en este capítulo es que Dios vino a la tierra en forma humana. Nada de apariencias o términos medios. El escritor dice que «vemos a aquel que fue hecho un poco menor que los ángeles, a Jesús», participando de toda humanidad. Las palabras que usa para describir cuán humano fue Jesús, son sarx y jaima, carne humana y sangre humana. Un árabe en toda regla.

El aún desconocido autor de esta epístola se empecinó tanto en demostrar la humanidad real de Cristo por una sola razón. Debía presentarlo a sus lectores judíos como el Sumo Sacerdote de la nueva fe. Si no se demostraba que Cristo había sido un hombre pleno, no se podía validar su sacerdocio. Una vez que el autor vertió en Jesús toda la profecía mesiánica del Viejo Testamento, intentó una máxima resfrescante y novedosa. El autor quiso que sus lectores reeditaran en Cristo la vieja visión del lejano y frío Sumo Sacerdote. Ya no solo que lo veneraran y respetaran, sino que lo amaran íntimamente, que vieran que el Maestro era totalmente como ellos y por ende podía empatizar con sus desgracias y disyuntivas.

«Por lo cual debía (Jesús) ser en todo semejante a sus hermanos (los seres humanos)… Porque como él (Jesús) soportó cuando fue tentado, es capaz de ayudar a los que están siendo tentados…porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todas las cosas semejantes a las nuestras, libre de pecados».

Tendría yo unos 18 años cuando llegué por primera vez al fondo del versículo 15 del capítulo cuatro de Hebreos. Recuerdo que pensé dos cosas. La primera: si creo haber entendido lo que leí, dice aquí que Jesús puede entender mis tentaciones y deseos por los hombres porque él también las tuvo. La segunda cosa que pensé fue que compartir este descubrimiento era pedir una hoguera moderna.

La Biblia se empeña en demostrar que Cristo, a pesar de haber sido probado, seducido, incitado, muchas veces y en muchas formas, nunca pecó. Quizás quiso follarse a Magdalena, pero no lo hizo. O quizás a los 14 años sintió deseos de masturbarse mirando los trapos colgados de una vecina. Tampoco hay registro de que lo haya hecho. 

Lo que sí asevera la Biblia es que no hay crimen alguno por tener deseos «negativos». A la par afirma que Jesús, para ponerse en el lugar nuestro, y entendernos, y ayudarnos a luchar con nuestras lascivias y codicias, tuvo que sentir un poco de lo que sentimos todos. Como él no sucumbió ante sus deseos prohibidos, en él tenemos el ejemplo y la fuerza para no sucumbir.

Dice el apóstol Pablo que la iglesia de Corinto era un relajo. En el capítulo seis enumera una lista de gente que tiene prohibido el cielo. Ahí usa los dos términos para homosexuales: los malakoi: los débiles, y los arsenokitai: los que iban a una cama con otros varones. Y reconoce Pablo: «y esto eran algunos de ustedes, pero ya han sido limpiados». Gracias a que Jesús había padecido en carne propia estas tentaciones podría socorrer a los pajaritos cuando tuviesen ganas de un macho.

No son pocos los teólogos que afirman que no hay pecado alguno en el deseo homosexual, que lo que la Biblia condena es la práctica en sí misma. Incluso muchas escuelas teológicas no categorizan el amor y sexo gay como prácticas pecaminosas. Las palabras griegas de la 1ra de Corintios 6 se referían a los que se vestían de mujer y a los que eran extorsionados para darle placer a otros hombres, o los mancebos que servían a los machangos violentos de la época. Esto lo condenó Pablo. Pero a la luz de toda la escritura bíblica puedes tener pensamientos homosexuales, ya que Cristo te ayudará a no llevarlos a la cama. Es decir, en última instancia, si vas a ser gay, debes ser gay como Cristo, gay de closet. 

El mismo Pablo que escribió a los corintios tenía sus bolas y sus tallas turbias. Siendo soltero, cosa rara en la época, ocupó un cargo que se consagraba solo a hombres casados. Al convertirse al cristianismo, decidió la soltería por encima del casamiento, y lo aconsejó a los jóvenes de su generación. Pero el pobre Pablo se hizo insigne por su lucha oculta. Nunca fue claro al respecto, y en el único momento bíblico que confesó su pena, usó una metáfora triste y subversiva, comparando su deseo pecaminoso como una aguja que le pinchaba y se le metía por dentro. Confesó también que Dios no le ofreció sanidad. Que le ordenó vivir con aquello toda su vida. 

A mí no me sirve eso. Como tampoco me sirvieron las terapias de conversión que me propusieron los líderes de mi iglesia cuando me fui a carnavalear. Yo, si me hubiese quedado en la iglesia, hubiese sido un pájaro como el rey David, quien dijo que el amor de su amigo Jonathán, amigo con el que se pasó semanas y semanas en la soledad de las montañas, le fue más dulce que el amor de mil mujeres.

1 Comentario

  1. Podrá ser más pecaminosa, más infiel y más libre a los ojos de algunos esta época actual, pero la prefiero mil veces a las otras de antaño donde nunca se dejó de vivir pero gran parte de la existencia se escondía y se negaba y se llevaba a la tumba como el único de los recuerdos más gratos jamás vividos. El hombre es libre, libre de escoger y de sentir y de vivir a plenitud su existencia, libre absoluto por mandato de Dios y su libre albedrío.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo no será publicada. Todos los campos son obligatorios.