Érase una vez que yo pesaba 98 libras con un metro sesenta y cinco de estatura. Tenía una habilidad extrema para esconder el dolor, ayudada por el hecho de que los cuerpos delgados no suelen asociarse con ninguna enfermedad que no sean la anorexia y la bulimia. Por tanto, si eres delgada y no eres anoréxica o bulímica, estás lista para un poster de salud. 

No es justo tampoco decir que mi cuerpo o mi peso tuvieran algo que ver con mi dolor. Mi dolor es uno mucho más estructural, como una vértebra que no quiere nunca ajustarse a la rectitud de una columna derecha. 

Ahora soy gorda, antes era flaca. El dolor es el mismo. Cambian, si acaso, los matices. Cambia la expresión cotidiana del dolor, o sea, el dolor puntual, pero arrancan todos desde el mismo punto de partida, algo del sistema límbico y la amígdala cerebral, no sé. 

Contrario a lo que digan la ciencia y la medicina, la gente suele pensar que este dolor no es más que el resultado de mis propias decisiones. Debe venir de algo que estoy haciendo mal, como ser vaga, o gorda, o flaca pero enamorada del tipo incorrecto, o porque tengo que salir más, o salir menos. Es una conclusión fácil, cómoda. 

Ser gorda luego de ser flaca implica ser otra persona. Lo más fácil fue sustituir el clóset, lo más difícil es verme reflejada en los ojos de los que me quieren. Imagino que algo parecido le puede pasar a una víctima de un accidente de automóvil, cuya apariencia desfigurada no sólo provoca un shock en sus conocidos, sino que quizás pueda incluso confundirles.

También se confunde uno, que ha sido toda la vida una persona en su propia mente, pero ya no es esa misma persona la que devuelve la mirada desde un espejo, aun si esa mirada lleva más compasión y amor propio que la de antes. 

Cuando yo era flaca me burlaba de las gordas. «Si ustedes alguna vez me ven con esa cantidad de celulitis y en short, por favor, mátenme», decía. O bien esto: «Yo no entiendo la necesidad de ponerse así de gorda, ¿por qué no para de comer o hace ejercicios?» 

Ahora la gorda soy yo, con celulitis y short, y un constante sobresalto al verme en fotos o en el espejo, porque en la imagen de mi cabeza sigo siendo flaca, un problema de costumbre. No me he dado asco jamás, esa es la verdad más absoluta, lo cual no quiere decir que no se tambalee mi autoestima un día sí y otro también. Pero al menos ahora hay una autoestima que tambalear, una que no existía cuando era flaca.

La verdad es que, cuando yo era flaca, me sentía gorda, llena de celulitis, barrigona. Jamás le creía a un hombre que me dijera que era bonita, o que estaba rica, u otros etcéteras que no repetiré aquí. Siempre me encontré feo el pelo (que calificaba como “pasúo”), las cejas gordas, la supuesta barriga, las masas de las caderas, los labios demasiado finos para mi gusto, los senos ultrapequeños. ¡Ay, qué trauma el de los senos! 

Nadie ha dejado de quererme por haberme puesto gorda, pero la realidad es que, guste o no, las relaciones personales cambian. Si alguien hace un chiste de gordas siempre hay un amigo que te mira con un poco de pena; la familia que te vio flaca durante más de 20 años ahora te mira con cariño pero también con extrañeza; todo el mundo te aconseja bajar de peso, cómo hacerlo, qué comer, qué ejercicios hacer, si te has medido el azúcar, el riesgo de la diabetes y la hipertensión.

Todo el mundo te aconseja cómo bajar de peso porque es obvio que tú no sabes cómo, de lo contrario no estarías así de gorda. A veces cuando alguien te dice: «¡Qué gorda estás¡», provoca responder: «¡Gracias! No tenía ni idea, no tengo espejo». Después de un tiempo te acostumbras, y aunque te siga pareciendo un despropósito, respondes cordialmente. 

Más allá de lo que mi apariencia pueda sugerir sobre mi estado de salud, lo más cerca que yo estuve de la muerte fue siendo flaca. El dolor trabaja de una manera silenciosa y efectiva y no le interesa la apariencia física. Nadie sabe que una joven delgada y bonita puede estar en el último round contra las cuerdas, pero nadie se preocupó tanto por mi salud como ahora que soy gorda. 

La gordura cambia todo porque viene con sus propios códigos, sus propios problemas y soluciones, desafíos que no entiende quien no ha sido gordo. Y entonces dejas de compartir una buena parte del código que compartías con amigos y conocidos. Como si de repente fueras medio marciano, y secretamente tuvieras que lidiar con cambios en la fuerza de gravedad, la composición de la atmósfera terrestre, qué se yo. Cosas que tus amigos ignoran.

No sé qué responder a veces cuando alguien está hablando, por ejemplo, de la gordura de otro. No sé cómo decir que me preocupa romper una silla, o que no sé si quepa en la cama de ese cuarto extra, o que no puedo caminar esa distancia a ese ritmo porque son muchas más las libras que tengo que cargar conmigo. Tampoco sé participar enteramente de las conversaciones sobre apariencia física, porque el tema de la apariencia física es otra cosa que cambia de idioma cuando eres gorda.

Tampoco es demasiado dramático. No es que de repente ya no te puedas reír con los amigos. De alguna manera hay una parte de ti que no cambia, peses lo que peses, y es esa parte la que sigue sabiendo hablar el mismo idioma que tus amigos. Es la parte más importante, además. Los amigos, como los perros, en el fondo se apegan a algo que no se ve, o que solo ellos ven. 

Pero lo que no sabe nadie que te aconseja cómo terminar con tu gordura es que la gordura es también el efecto secundario de tu supervivencia, y tú tampoco es que estés tan apurada por deshacerte de eso. Porque cuando no sabías ya hacia dónde correr para protegerte, corriste hacia dentro, y tu cuerpo pagó el precio. Se extendió todo lo que pudo para hacerte espacio.

Tus estrías son eso, la moneda de cambio de la salvación, y no puedes verlas de otro modo que no sea con cariño. No vas a contar tal cosa, por supuesto, porque tendrías que empezar por explicar todo lo que le pasó a aquella muchacha de 98 libras, las largas depresiones. Incluso si tuvieras diabetes e hipertensión, seguirías más a salvo de lo que estabas antes. 

Las estrías y la celulitis pueden provocar miradas extrañas, cejas arqueadas, o servir de excusa para que una flaca le diga luego a sus amigos: «Si yo llego a ese extremo alguna vez, por favor, mátenme». Pero también son cicatrices que recuerdan todo lo que has tenido que hacer para salvarte. Son, de alguna manera, las medallas de tu supervivencia.

12 Comentarios

  1. Un corazón y un cerebro bien gordos son lo que tú tienes, muchacha. Esto me ha dejado con un nudo de sentimientos que no sé desamarrar, que no alcanzo a escribir. Como cuando se acaba una película buena (realmente buena), de las que te dejan muda, con el corazón brincándote en el pecho y gritándote tantas cosas a la vez, que no puedes o no quieres abrir la boca por un buen rato. No me siento capacitada para decir las cosas correctas, pero cada día te veo más grande, y por supuesto no es cuestión de libras.

  2. Muy bueno, todo verdad. Yo que he tambaleado en ambos mundos flaca y gorda, de momento una a otro flacs, se cuan complicado puede ser entender lo q pones. Nunca he criticado gordas ni flacas y creo justo porq he subsistido como ambas. Mi autoestima empezo a crecer el dia q entendi cuanto grande puede llegar a ser xomo piensas, donde trabajas, la empatia proyectada a los demas y eso vale mas q cualquier aspecto fisico. La gente q juzga la gordura tendra q esperar varios años para desde su experiencia entender q la vida vas mas alla de eso, q la felicidad va mucho mas alla de la atraccion fisica de tu pareja, tus amigos o de la transitoria entre personas extrañas. To aprendi a quererme cuando entendi eso muy joven y a dia de hoy no hay nadie a mi lado q manifieste lo contrario. Me encanto tu articulo, muy «on point» , muy «corazon abierto» y una replica de lo mejor de ti hoy en dia.

  3. Gracias Claudia! Pareciera que te asomaste a mi mundo por un momento. O que me leiste la mente! Nadie sabe por lo que pasas ni cómo eres el resultado de las batallas que pasaste… Y sobreviviste! Me encantó tu artículo⭐⭐⭐⭐⭐

  4. Claudia:
    Yo nunca tuve 98 libras. Creo que pasé a 100 directo y seguí pa´rriba. Entiendo mucho de lo que dices y aplaudo tu sinceridad. Solo se me ocurre una cursilería: la felicidad de vivir en paz con una misma no tiene tallas. Te abrazo.

  5. Siempre que te leo me quedo así, en el limbo de lo desconcertante de tus palabras que saben ir más allá. Este artículo habla más allá de la apariencia física, al menos para mí, te habla de los cambios que debemos aceptar, de las transformaciones necesarias para seguir dándole con todo a la vida, de seguir creciendo por más que el destino se nos ría en la cara y nos grite que el tiene el control de nuestro futuro. Gracias muchachita!

  6. Yo fui flaca, despues «gordita»(no pasaba de 60 kg pero como venía de ser flaca a todo el mundo le parecía un exceso) y finalmente flaca de nuevo. En ninguno de los tres momentos, ni el de flaca inicial ni el de gorda principiante ni el de flaca reivindicada pareció satisfacer las demandas del público, que en los tres momentos se quejó siempre de mi apariencia, curiosamente en condiciones opuestas. Cuando fui gorda fue por distraer el dolor con comida y lo hice contra mi cuerpo. Más que todo me molestaba saber que estaba haciendo a mi cuerpo pagar por cosas que debía resolver sin lastimarme, pero eso no siempre se consigue. No digo que las gorduras surgen siempre de un sufrimiento, un conflicto o un dolor, estoy hablando de mi caso. Si debiste engordar para salvarte, ama a ese cuerpo que te permitió esa salida. Del público puedes olvidarte porque nunca está satisfecho, y en muchos casos algunos no se cobran a sí mismos sus salvaciones, y se las tiran encima a cuerpos y almas ajenos. Sé feliz, gorda o flaca, y haz lo que te haga estar feliz, engordar o adelgazar.

  7. Demasiado identificada con esto. Aunque yo siempre he sido la gordita, pero es algo que siempre estará en constante debate en nuestro interior, no importa cuanto intentemos «darle la vuelta»…

  8. Te entiendo perfectamente, yo luche toda mi vida por llegar a las 100 libras, y nada quien me vio y quien me ve. Sobre todo me llego la parte de que te miras al espejo y te vez flaca por constunbre. Valiente tú que tienes el don de describirlo de esta manera. Ser feliz como somos es la idea, pero no siempre se logra. No te conozco solo se que tenemos un colega en común que compartió tu escrito, lo que agradezco. Felicidades, nunca mejor explicado lo que se siente. Pues como tú bien dices (por suerte o desgracia) tenemos espejo. Un abrazo.

  9. Este tema es muy difícil de entender por el que no ha pasado por la experiencia. Pero si difícil y sensible es esta arista de la situación no lo es menos a la inversa. Yo fui gordo, obeso, muy muy obeso y mórbidamente obeso. En un momento de mi vida baje y pasé directo a flaco, luego gordito por mucho tiempo. Y ahora, a mis 30 por primera vez me puedo clasificar como «normal». Pero… el precio de este «normal» es una tortura sin fin. Tengo que medir cada cosa que como, no puedo permitirme períodos de ociosidad de ningún tipo, mi cuerpo se resiste a aceptar que no es gordo. No me gusta senrirme muy flaco, así que tampoco puedo pasarme y entonces me relajo un poco y regresan los kilos uno a uno. Es interminable y sus efectos se sienten las 24 horas del día. Pero el proceso no sería tortuoso en lo absoluto si no fuera porque siempre hay alguien dispuesto a decirte, o hacerte entender que estas bajando o subiendo de peso.

  10. Nunca he sido flaca. Durante toda mi vida recuerdo a otros decirme siempre que tenia libras de mas. Ahora cuando me miran en retrospectiva consideran que antes estaba flaca y ahora gorda. Es una cuestion de ojo externo. Yo soy feliz, se feliz y disfrutate.

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