La trumpada

Donald Trump se ha convertido en el presidente número 45 de Estados Unidos. Ni ha surgido de la nada –más bien del todo- ni únicamente le ha ganado las elecciones a Hillary Clinton. Trump ha derrotado, por el camino, a su propio partido, a Hollywood, a los medios de comunicación, al progresismo desfasado que habla en nombre de un pueblo al que apenas conoce, a las encuestas, a los intelectuales orgánicos de la democracia, al mundo que siempre espera de Estados Unidos un liderazgo global, al multiculturalismo, a las políticas de género, a los inmigrantes, al Welfare y hasta al lenguaje: en particular, el de la corrección política, al cual se ha ocupado de vapulear sin contemplaciones y, sobre todo, sin consecuencias.

La lista de derrotados es, ciertamente, muy larga, pero no tanto como para dejar escondida la pregunta inevitable: ¿quién ha ganado entonces con Trump? Además de él mismo y sus acólitos, su victoria enseña los dientes del enfado de las masas, su rebelión convertida en voto. Voto con “V” de venganza.

La de Trump es la victoria de lo estridente sobre lo rutilante. Así que, mientras más estrellas de Hollywood, más intelectuales, más progresistas de fuste se dedicaban a defenestrarlo, más se incubaba el voto sañudo de un proletariado que, entre una emancipación hipotética y una explotación segura, ha optado por esta última.

Estamos en un mundo en el cual el periodismo tiene más medios de comunicación que nunca. También, en el que cada uno de esos medios es cada vez más unánime en su línea. No puede extrañar, entonces, que Trump emerja como la apuesta de una mayoría silenciosa que acampa, como los bárbaros, en las afueras de ese inmaculado perímetro. Un conglomerado humano cuyo medio de comunicación consiste, precisamente, en un voto que no se puede adivinar.

Con Trump reaparece, igualmente, el viejo excepcionalismo norteamericano, su proteccionismo recurrente, amparado ahora en un líder que prefiere contentar a Utah antes que a Bruselas. Y no es que esté solo en el mundo, por cierto, o que carezca de congéneres europeos dispuestos a jalearle. Ya podemos entrever la alfombra roja tendida por Le Pen en Francia, Wilders en Holanda, Farage en Inglaterra, Orbán en Hungría y -con la cautela que requiere su posición- tal vez Putin en Rusia. A fin de cuentas, Trump es el primer líder de su magnitud geopolítica que resulta tan inesperado e informal como el terrorismo global. Por otra parte, el resultado de estas elecciones, combinado con el Brexit británico, logra un remake turbador del tándem Reagan-Thatcher de los años ochenta. Y el recuerdo de que, desde la distancia del aislamiento, Estados Unidos e Inglaterra pueden dominar el mundo.

Pero Trump también representa el triunfo, quizá definitivo, de la post-democracia. El puntillazo a una tradición liberal que ha ido dimitiendo de las libertades en nombre de la economía, y de los derechos humanos en nombre de la seguridad. (Un músico negro decía ayer que estamos ante el primer presidente de los Estados Unidos que cuenta con el apoyo del FBI, el KGB y el KKK).

No se trata del primer presidente de Estados Unidos que se presenta por encima de la política. (Reagan ya lo hizo, aunque apuntalado con un Think Tank que le dio cobertura ideológica a su revolución conservadora). Pero Trump se las ha arreglado para arrastrar –sin teoría a la vista- a buena parte de la masa, la multitud, la gente, la muchedumbre, el pueblo, la ciudadanía o la sociedad civil que tantos dolores de cabeza le dieron a Gramsci, Ortega y Gasset, Canetti, Negri o Badiou, y que tantos debates semánticos sigue provocando en una izquierda que no encuentra sitio.

Si Lenin proponía canalizar el descontento creando una situación revolucionaria, Trump lo ha canalizado creando una situación reaccionaria.

Esa es la resaca que hemos de administrar y la trumpada de la que levantarnos si es que hay aspirina o conteo de protección que lo permitan.

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Iván de la Nuez
Iván de la Nuez
Ensayista e iconófago. Le gustan las teorías jíbaras y las novelas donde aparecen artistas. Duda entre pasarse al vodka o a la Baskerville Old Face.

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6 COMENTARIOS

  1. Todo eso está muy bien, pero al final Trump no ganó por votación popular, obtuvo 166450 votos menos que la Clinton, sin contar los que no votaron. Aunque la direfencia de votos es pobre, esa cifra debería contar. Los estadounidenses, como mayoría, no eligieron a Trump como presidente.

  2. sI NO FUE ELEGIDO OR MAYORÍA, EOTNCES CAMBIEMOS LAS REGLAS DEL JUEGO. llO CIERTO E QUE ESTÁ AHÍ Y QUE EL ARTÍCULO RETRATA UNA SITUACIÓN QUE NO HA SIDO ENFOCADA ASÍ POR LOS PERIODISTAS DE ACÁ QUE HE LEÍDO. eXPRESA EL ARTÍCULO LO QUE SIEMPRE HE PENSADO Y QUE ME HIZO CREER DESDE EL PRINCIPIO QUE EL TIP GANARÍA AUNQUE A MI, PARTICULARMENTE, NO ME GUSTA.

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