La lista podría ser muy larga… sin cansarnos nunca y en plural porque son muchas incluso con el mismo nombre. Claudias, Anamelys, Camilas, Kathys, Mónicas, Ilianas, Tanias y… Broselianda. Busco un título que las contenga; busco un título que me inspire para decirles cómo he vivido, sentido y admirado estas últimas semanas de noviembre a esas mujeres en La Habana.

La verdad que me ha jodido que haya ocurrido esto cuando más concentrada estaba en mi primera novela. Ya con más de 40 años, y precisamente por eso, me atrevo a escribir sobre el descubrimiento de documentos literarios históricos, de un siglo XVIII cubano demasiado inédito y por eso intrigante. Revelar un texto que se escribió a pesar de la censura y que también significó, en 1735, un homenaje a la libertad de expresión, tiene puntos de encuentro con mi realidad. Me empeño en seguir escribiendo sobre situaciones eróticas deliciosas y manuscritos barrocos, aunque, una y otra vez, se estremecen mi conciencia, mi dignidad, mi corazón, mi tranquilidad… Me voy sintiendo triste, egoísta, traidora. ¡Qué infértil resulta adentrarme en mi imaginación cuando hay gente sitiada, cercada, moribunda, aislada, expropiada de sus derechos humanos desde hace años y, sobre todo, criminalizada injustamente a pocos kilómetros de mi casa! No sé por qué exactamente, pero ya no puedo entrar en mí.

Me dedico a dar links como posesa, a compartir como histérica. Intento visibilizar lo que considero inhumano. Me duele el dedo. Me duele la vista. Mi hija me reclama y apenas balbuceo dos o tres palabras para terminar dejando, blandamente, que haga su antojo. Vibro cada vez más con la porfía de denunciar aquel dolor en San Isidro.

Vibrar. Esa es la palabra. Empiezo a vibrar con la necesidad de parar tanta maldad. A algún amigo le digo que ya siento que dar clics no es suficiente, no es nada; siento la necesidad de hacer algo más. Mi amigo me aconseja que no haga nada, que piense en mi hija. No le respondo, pero hace rato me propuse no dejar que nadie más corte mis alas. Me respondo a mí misma, precisamente porque pienso en mi hija y en el país que no quisiera dejarle, en el país que quisiera cambiar.

Termino yendo a lo que suponía iba a ser una reunión de muchos amigos para leer poesía en apoyo al Movimiento San Isidro (MSI). Cambian el lugar de encuentro varias veces hasta que me dicen Alameda de Paula. Llego tarde, con mi pulóver negro en sintonía con el ahogo que se intentaba exponer, con el primer libro de poesía de mi padre, Monchy Font, de título tan atinado: Recomiendo las paces con el viento. Éramos solo siete.

De pronto Claudia Genlui nos dice: «Vamos pallá», con decisión, con ovarios. Ahí yo siento que me han cambiado el guion y que no sé si estoy preparada para este enfrentamiento. Me aterré. Pero seguí, ya estaba ahí. No era el momento de echarme para atrás. Caminé, sobresaltada, pero con la tranquilidad de saber que estábamos denunciando una atrocidad. Me acerqué para chocar de frente, inexorablemente, contra el muro de contención de la Seguridad cubana. Contra las decenas de carros de policías y «segurosos» de civil que custodiaban cual leones hambrientos aquella cuadra. Ambulancias, yipis, mujeres de verde. Los vecinos mirando aquello como si fuera una telenovela. Sentí que estaba en medio de un circo. Queríamos entrar a Damas 955, sede del MSI, y no nos dejaban pasar. No hay una explicación, una ley que ampare; simplemente no puedes pasar.

Claudia conocía todos los nombres inventados de esos gendarmes. Jaime, Héctor, qué se yo. Pidió hablar con el jefe. Pidió ver a Luis Manuel Otero, en huelga de hambre y sed desde el 18 de noviembre. No se lo permitieron. «Cuando hemos dejado entrar a alguien, termina quedándose…», dijeron, como si quedarse en Damas 955 fuese un delito, como si permanecer donde quieras y el tiempo que te dé la gana fuese un crimen. Hecha un manojo de nervios, llegué hasta el barrio de San Isidro. Allí me sentí ultrajada en mi derecho fundamental de movimiento. Mi hermana intentó convencer a alguien. Claudia hizo fuerzas para entrar y enseguida se activó los dispositivos. Alertaron a los que estaban del otro lado de la Avenida del Puerto, esperando para cazar su presa. Se la llevaron detenida. Alfredo protestó, Sol protestó, yo protesté. La nada cotidiana. Decidimos refugiarnos en la poesía, el único sitio seguro. A Claudia la llevaron hasta su casa, cerca del hospital La Ceguera. Claudia, con esa entereza y es voluntad que me desconcierta, tomó un taxi y regresó con nosotros en menos de una hora. Eso es firmeza, convicción.

Ese día regresé a mi casa, a mi cuarto, cerré todas las ventanas y me tumbé profundamente deprimida. Había estado allí, había leído poesías, había hecho un acto supuestamente valiente, pero sentía que no había hecho nada. La gente me felicitaba por Messenger, por WhatsApp y no me sentía feliz. Pensaba: siete personas sentadas leyendo poesía no pueden cambiar el modo roto de las cosas.

Seguí escuchando en esos días a Anamely Ramos, con su verbo claro, prolijo, encendido. Con su dulzura tan atinada para decir tan grandes verdades. Las mujeres valientes, honestas, inteligentes, tozudas, las que se entregan con verdadera pasión, me seducen. A estas alturas del partido una sabe cuándo una persona habla con ideas y palabras propias y cuándo lo hace con un discurso preparado e hipócrita. Con ellas me solidarizo. Con esas mujeres que estuvieron en Damas 955, en huelga de hambre o cuidando a los otros, o con esas que se han alzado contra el Decreto 349. Los hombres siempre han estado ahí. Pero no sé por qué razón las mujeres se han convertido en las caras, en el verbo, en la locuacidad visible de estos tiempos. Vibro con las mujeres empoderadas que me rodean. Solo sé que tenemos una presencia mucho más fuerte dentro del movimiento cívico intelectual y artístico cubano. Solo sé que escucharlas, tenerlas, abrazarlas me hacen sentir fuerte, protegida. Deberíamos estar más cerca. Asociarnos, y apoyar también a otras tantas en Cuba.

Leo a Mónica Baró, con su tristeza, con su tan inteligente verbo también. Es el jueves 26 de noviembre. Directas vienen y directas van, y de pronto todo se cae. No se puede abrir Facebook. Inmediatamente le digo a un amigo: «Están entrando». Lo vi yo, como lo presintieron todos los que estábamos conmovidos desde hace días con la tragedia de la huelga de hambre por la liberación del músico Denis Solís.

Pocas horas después me avisaron de que al otro día a las 11:00 a.m. habría una convocatoria frente al Ministerio de Cultura (Mincult). Me resistí bastante. Lo puedo asegurar. Me inventé cosas que hacer en la mañana para simplemente decir que no me daba tiempo a llegar. No llevé a mi hija a la escuela. Pero el universo se alineaba. Una amiga, sin saber nada, se ofreció para quedarse en mi casa, cuidar a mi hija, darle almuerzo. Y ahí supe que debía seguir enfrentando mis miedos. Fui en paz a pararme frente al Mincult. Llegué y ya no eran solo siete. Quizás unas veinte personas. Y respiré feliz. Lo demás casi todos lo saben ya. Del consenso tan especial que allí surgió, aconsejados por la racionalidad y la inteligencia del dramaturgo Yunior García. De la alegría y los aplausos al ver llegar a Tania Bruguera —que imaginábamos sitiada como tantos otros—, a Fernando Pérez, a Pichi, a Leoni Torres, a La Diosa, entre otros muchos. De las negociaciones. De los segurosos que se empezaron a infiltrar entre los artistas mientras todos los mirábamos con desprecio.

Se me ocurrió hacer una lista de los allí reunidos, mientras los otros redactaban las demandas. Como pertenezco al gremio de los sin gremios, quise hacer algo. Empecé y luego otra mujer continuó la lista, y paramos en el número 74. Eran solo las tres de la tarde y la gente seguía sumándose; se hacía inútil o imposible continuar la lista. Todos conectados. En dos segundos fue enviada la lista, y así comenzó a saberse quiénes estábamos allí. Todos nos convertimos no solo en protagonistas sino en testimoniantes, haciendo entrevistas, tomando fotos, creando estados en las redes, cantando, esperando con una enorme paciencia.  

Nos acercamos también a los segurosos para preguntarles sus nombres falsos y su presunto gremio artístico. Hubo una jovencita que temblaba… y terminó diciendo que ella era manicure y que ella venía por alguien que estaba preso. Estaba sentada en el muro del Mincult, con sus uñas perfectamente hechas y su cara de aburrimiento, de estar trabajando. Tan diferente a las nuestras, temerosas pero exaltadas. Otro respondió: «Yo soy del pueblo», usando al «pueblo» para encubrirse. Nos partimos a reír detrás de nuestras mascarillas. Se sintió bien tener ese pequeñísimo instante de poder. Dejarlos en evidencia, que no fuera la calle, por una vez, su patio particular. Callarlos o no hacerles caso cada vez que querían incitarnos a claudicar, o cuando intentaban asustarnos con que, seguramente, vendrían las patrullas y nos cercarían y se iba a formar el acabose. Eso me lo dijo a mí un gordo muy gordo cuya barriga asomaba por fuera del pulóver, y con portañuela abajo, que no paraba de filmarlo todo.

Pasaba el tiempo y no lográbamos entrar. Negociaciones que no aceptábamos. Ellos haciendo fuerza para movernos del lugar, y así evitar que otros se sumaran. Por suerte muchos insistieron en que no nos podíamos mover de allí, sobre todo mujeres, una vez más. Mujeres sabias que se daban cuenta de la estrategia. Y ahí estuvimos muchas horas.

No me quería ir. No quería perderme el desenlace de ese día único. Viernes 27 de noviembre de 2020. La felicidad de sentir cómo la gente perdía el miedo, la felicidad de sentirme acompañada. Compartíamos el hastío por el presente, la necesidad de participación y la exigencia de respeto a nuestros derechos ciudadanos más elementales. Pero tuve que regresar a mi hija. A las siete ya estaba en casa, y luego lo vi todo a través de Internet. No era lo mismo, pero era igual. Nadie me podía contar la emoción, la valentía, el atrevimiento y sobre todo el honor de las mujeres y los hombres de todas las edades que allí se plantaron y dijeron que no se moverían hasta que sus urgentes demandas fueran escuchadas por las autoridades.

Todas las mujeres aportaron a ese día. Todas alzaron sus voces, y a todos se nos erizó el alma cuando Katherine Bisquet clamó, a voz en cuello: «Exigimos el derecho a tener derechos». Esas demandas inéditas se nos han quedado grabadas. Como también ese día estaba en mi memoria otra mujer que hacía muy poco había muerto y que aún no terminábamos de lamentar.

En uno de los intercambios, un seguroso me preguntó mi nombre después de decirme el suyo falso. Respondí mirándolo de frente: «Me llamo Broselianda Hernández». A mi hermana se le querían salir los ojos de sus órbitas. Al «capitán Rodríguez» también. No sé por qué me salió ese nombre…, y pido disculpas a su memoria, a sus allegados. Pero sentí que en ese instante emergió de mi interior la frontalidad, la grandeza, la valentía y la fuerza teatral de Broselianda. Tal vez quería que ella estuviera presente en esta lucha por el amor, la poesía y la esperanza.