Huelgas de hambre en Cuba: San Isidro

    Mientras tomo notas que me ayuden a cerrar esta serie sobre las huelgas de hambre en Cuba, recibo un increpante mensaje de texto de una amiga: «No creo que la huelga de San Isidro fuese un parteaguas ni que marcara el inicio de nada. En Cuba hay muchos otros precedentes que, creo, sí fueron el inicio del activismo que hemos visto en los últimos años».

    Una semana antes me había escrito para contarme de su exilio reciente. No lo llamó exilio, tampoco migración. Era como si hubiera caído de golpe en un país extraño, descolocada. Supuse que con esa noticia iniciaríamos una larga charla sobre la adaptación a un nuevo entorno y sobre dónde reubicar los dolores y las frustraciones provocadas por aquello que dejó atrás y ahora no se atrevía a mencionar. Solo me preguntó en qué trabajaba y le conté de esta serie sobre las huelgas de hambre. Le compartí un borrador del primer texto, y poco después recibí su mensaje.

    No atino a decirle otra cosa que no sea un desganado «puede que tengas razón», pero tampoco estoy dispuesto a pasar por alto su crítica. Durante los siguientes días, que paso leyendo sobre la muerte de Orlando Zapata Tamayo, intento también elaborar una respuesta para ella. Una lectura lleva a otra, y otra me lleva a conocer de la existencia de un papiro, sobreviviente milenario del desierto, que hoy se exhibe en el Museo Egipcio de Turín, Italia. La escritura contenida en sus hilos de hierbas palustres narra la primera huelga de que se tiene registro. Aunque no fue una huelga de hambre, sino por hambre. 

    Sucedió hace más de tres mil años, específicamente en el 1152 a. C; para ser más exactos, un 14 de noviembre, si trasladamos la fecha al calendario gregoriano. Día y mes casi coinciden con la fecha de la ocurrida en la barriada habanera de San Isidro en 2020. Los protagonistas de aquella primera huelga fueron artesanos, como Luis Manuel Otero Alcántara, quien junto a otros artistas y activistas se negó a probar alimentos en la misma casa derruida donde realizaba y guardaba sus obras, y donde habitualmente se daban cita los integrantes del Movimiento San Isidro. 

    La «primera huelga de la Historia» tuvo lugar bajo el reinado de Ramsés III, cuando el vasto imperio egipcio llegaba a su etapa de decadencia. Por supuesto, no es que en tiempos de Ramsés II, «el Grande», no hubiese esclavos y la vida fuera más fácil. La época dorada del imperio fue tal justamente porque el faraón gobernaba con mano de hierro, conquistaba otras tierras y mandaba construir impresionantes templos y estatuas para que le adorasen. Nada más. Para cuando los 60 artesanos de la aldea de Deir el-Medina se plantaron en huelga el sistema esclavista y tributario egipcio seguía igual de saludable, solo que el gobernante de turno no inspiraba tanta admiración y temor como su antepasado. 

    Según el papiro, fueron en total tres huelgas de hasta ocho días. Al grito de «¡Tenemos hambre!», los artesanos abandonaron sus herramientas y se acuartelaron en la necrópolis del Valle de los Reyes, a donde habían sido enviados para rematar con sus talentos la tosquedad del lecho funerario del faraón. Protestaron por haber sido obligados a trabajar en aquel sitio donde solo les pagaban con cerveza, pan y cereales en cantidades tan míseras que no alcanzaban para saciar el hambre y la sed y usar lo que sobrara como moneda de cambio para obtener ropa, calzado o medicina. ¿Su insolencia fue castigada con la muerte? ¿Consiguieron volver a sus pueblos y hacer joyas y vasijas para los ricos locales o para vender en los mercados? ¿Un ministro los habrá convencido de desistir con amenazas de tortura? Los restos del papiro que se conservan dejan a medias este relato, así que nadie sabe. Lo que sí se sabe con absoluta certeza es que aquella huelga no afectó la estructura de castas egipcia, tan inamovible como sus pirámides, y que la historia de aquellos artesanos es más conocida hoy entre arqueólogos y egiptólogos de los que fue entre los campesinos y esclavos de entonces. 

    Vuelvo a pensar en el mensaje de mi amiga y le concedo, para mis adentros, algo de razón. Por supuesto que sucedieron hechos importantes de resistencia cívica en Cuba, algunos bastante mediáticos, antes de noviembre de 2020. Recuerdo la marcha del 11M, cuando una parte de la comunidad LGBTIQ+ se negó a aceptar la decisión del CENESEX de no realizar la «Conga contra la homofobia y la transfobia» y se deslindó de la agenda de Mariela Castro para hacer su propia manifestación. Recuerdo también la sentada de los usuarios de SNET, quienes se las agenciaron para, de forma rápida y bastante discreta, convocar a cerca de 200 personas en las cercanías de las principales instituciones estatales para protestar por el cierre de esa red autónoma. Recuerdo la #Bienal00, los reclamos de varios artistas cubanos contra el Decreto 349, la marcha por los derechos de los animales de abril de 2019. Sin embargo, considero que ninguno de esos hechos está a la altura, narrativamente, de la huelga de San Isidro. 

    Siempre he creído en el poder movilizador de una buena historia. La de San Isidro, por ejemplo, se concentra en las vivencias de un puñado de personajes variopintos que durante cerca de diez días estuvieron encerrados en una casucha ubicada en una barriada pobre de La Habana. Estos personajes —un musulmán, una profesora expulsada del Instituto Superior de Diseño, un científico, un artista de la plástica y el performance, una poeta, un rapero expresidiario, una periodista y exbailarina de pool dance— se manifestaron contra un régimen totalitario que mandó sus agentes a sitiarlos. La protesta, además, nació para exigir la liberación de un amigo condenado a prisión injustamente en un proceso sin garantías legales. Entonces, de forma inesperada, tras declararse varios de ellos en huelga de hambre y sed, exigieron también el cierre de las tiendas en Moneda Libremente Convertible y el cese de la represión política en Cuba. 

    Katherine Bisquet. Inquilinos de Damas 955, San Isidro (La Habana Vieja).
    Katherine Bisquet. Inquilinos de Damas 955, San Isidro (La Habana Vieja).

    Más allá de lo extraordinario del relato y de las facilidades que brindó Internet para que dentro y fuera de Cuba se siguiera su desarrollo en tiempo real, la huelga de San Isidro trascendió como ninguna otra acción cívica debido al alcance de sus demandas. Tanto la represión política en Cuba como lo injusto de tener que adquirir artículos de primera necesidad en monedas extranjeras son asuntos que competen por igual a miembros de la comunidad LGBTIQ+, artistas independientes o no, animalistas, usuarios de redes tecnológicas, médicos, amas de casa, jóvenes, ancianos, blancos, negros, mestizos, emigrados… 

    Entonces, quizás mi amiga tenga razón solo en cierta medida y las muestras de resistencia cívica inmediatamente anteriores a la huelga de San Isidro sean como aquella protesta de los artesanos de Deir el-Medina, que, si bien resultó legítima y admirable, no llegó a calar en la gran masa de campesinos y esclavos del imperio egipcio. 

    ***

    Mi editor interrumpe lo que hasta entonces era una llamada de rutina para preguntar sobre esta serie. Quiere saber desde qué ángulo abordaré los sucesos de San Isidro. Contesto que aún lo estoy pensando. Se ha escrito tanto y de tantas maneras (incluso yo escribí varios textos en su momento) que no parece nada sencillo encontrar algo novedoso. Sin embargo, comento que hace días un asunto me viene dando vueltas en la cabeza. No se trata de algo nuevo, sino que pasó desapercibido para muchos. 

    Esta investigación ha incluido artículos de corte científico, pues era imprescindible conocer cómo suele comportarse el cuerpo humano en situación de ayuno prolongado. Algunas lecturas me condujeron a las muertes por deshidratación. Cuando descubrí que una persona solo puede vivir entre tres y cinco días sin ingerir líquidos, recordé que no fue sino hasta el 25 de noviembre que Luis Manuel Otero y Maykel Osorbo, ambos acuartelados de San Isidro, decidieron deponer su huelga de sed y mantener la de hambre. ¡Habían pasado hasta entonces siete días sin beber agua! ¡Y sus cuerpos ni siquiera habían estado recibiendo líquidos a través de alimentos!

    —Investiga más sobre el tema —aconseja el editor, y le contesto que, en verdad, no estoy seguro de querer continuar. Digo que ni siquiera considero que hablar al respecto pueda aportar periodísticamente a la memoria y el análisis de lo sucedido durante aquellos días.

    No obstante, continúo.  

    Cuando no contamos con suficiente agua en el cuerpo, el hipotálamo estimula la liberación de la argipresina, también conocida como «hormona antidiurética», la cual se encarga, entre otras cosas, de retener todo el líquido posible en nuestro organismo. Sentimos entonces lo que llamamos sed, que no es más que la expresión de un mecanismo biológico de emergencia ante el peligro de la deshidratación. 

    Somos mayormente agua. Cerca de un 70 por ciento de nuestro organismo está compuesto de este líquido que nos permite expulsar sustancias de desecho, regular la temperatura corporal, mantener activas las neuronas, lubricar y proteger órganos y articulaciones, absorber nutrientes, estimular la actividad digestiva, depurar los riñones y muchas otras cosas. Por tanto, cada una de las funciones mencionadas se altera si se sufre deshidratación. Además, pocas cosas son más desesperantes que la sed, puesto que la argipresina altera químicamente nuestro organismo hasta el punto de que nuestro cerebro nos obliga a actuar de manera extrema para conseguir el agua que necesitamos. A diferencia de lo que sucede en las huelgas de hambre, este proceso ocurre de manera acelerada debido a que perdemos líquidos todo el tiempo, mediante la orina, el sudor e incluso la respiración.

    Los datos encontrados refuerzan la idea de que resulta imposible que tanto Luis Manuel Otero como Maykel Osorbo hayan pasado siete días en huelga de hambre y sed sin que ello provocase, al menos, secuelas graves y permanentes en sus cuerpos. 

    Luis Manuel Otero Alcántara / Foto: Katherine Bisquet
    Luis Manuel Otero Alcántara / Foto: Katherine Bisquet

    Me niego, ahora sí, a continuar. Sin embargo, por casualidad encuentro registro de un caso que podría echar por tierra la «evidencia científica» con que cuento, y anoto en mi cuaderno:

    El austriaco Andreas Mihavecz ostenta el «mérito» de ser la persona que más tiempo ha pasado sin ingerir agua y comida. En abril de 1979, con solo 18 años, fue detenido luego de que se accidentase el auto en que viajaba. Los guardias que lo apresaron se olvidaron de él y por un descuido lo mantuvieron 18 días encerrado e incomunicado, tiempo en que perdió más de 24 kg. Este hecho, aunque casi le cuesta la vida, lo inmortalizó en el Guinness World Records.

    Ciertamente mi esperanza duró poco. El propio Mihavecz reconoció que sí ingirió líquidos. Durante los 18 días que duró su encierro pudo lamer el agua que se condensaba en las paredes húmedas y frías de la celda. 

    Con otros datos que encuentro me fuerzo a establecer alguna lógica que explique las extraordinarias condiciones de los huelguistas cubanos. Por ejemplo, para romper el balance hídrico del cuerpo deben tenerse en cuenta varias condiciones: las temperaturas y la humedad en la correspondiente época del año (la huelga fue en noviembre, es decir, no hacía tanto calor como en verano), la tasa de sudoración de cada persona, la altitud (La Habana se encuentra junto al mar, por lo que se pierde mucho menos líquido por esta causa que en ciudades como La Paz o Ciudad de México) y el estado de salud previo de la persona (Luis Manuel Otero practicó atletismo y Maykel Osorbo al menos tenía una figura atlética). Sin embargo, más tarde razono que poco de esto importa, y que da igual si poseen capacidades físicas extraordinarias, o si la huelga de sed no fue tal cosa, pues el objetivo de ambos nunca fue romper un récord u ofrecer un espectáculo de resistencia sobrehumano. 

    Lo relevante de cualquier huelga de hambre y/o de sed es la legitimidad de las demandas y el lugar desde el cual estas se exigen. Mahatma Gandhi, por ejemplo, realizó unas 17 huelgas de hambre a lo largo de toda su vida. Todas tuvieron una duración de entre siete y 21 días, es decir, que en un estricto sentido biológico ninguna lo puso realmente en peligro mortal. No obstante, sus reclamos eran justos y legítimos, y partían de un hombre que sacrificó mucho por la independencia de su pueblo y que predicaba la no violencia y la tolerancia religiosa —aunque varios historiadores hayan sacado a la luz algún que otro hecho moralmente reproblable cometido por él. Un caso opuesto podría ser el de la ridícula huelga de hambre —en realidad, un ayuno simbólico— que protagonizó en 2009 Jacques Diouf, entonces director general de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). Diouf ocupó titulares en la prensa internacional cuando, un día antes de la Cumbre Mundial de la Alimentación, declaró que no comería en solidaridad con los mil millones de desnutridos crónicos del planeta. Las críticas no se hicieron esperar, pues el motivo de la huelga no era establecer demandas concretas, sino hacer un llamado a la «solidaridad» desde una poderosa organización duramente señalada por sus pobres resultados en la lucha contra el hambre y la desnutrición. 

    Otro punto en favor de los huelguistas de San Isidro —capaz de echar por tierra las críticas que desde la oposición han hecho quienes oportunistamente exigen mártires— es que las huelgas de hambres no tienen por qué ser consideradas actos suicidas. Quien inicia una huelga de hambre puede estar o no dispuesto a morir, pero en ningún caso eso significa que persiga su muerte. De hecho, el huelguista valora tanto su vida y su salud que es capaz de ponerlas en juego por una causa que considera más importante. Además, la muerte no llega inmediatamente; de manera que se le ofrece al Estado (si es el caso) tiempo suficiente para encontrar una solución a las demandas planteadas. 

    La huelga de hambre suele ser un último recurso, una respuesta política extrema a la frustración generada por un poder que no satisface determinadas demandas fundamentales y cierra cualquier otra vía de exigencia o interpelación. Ante la falta de libertades, el individuo decide ejercer la única libertad que no le pueden arrebatar: la de decidir cuándo y cómo morir. Pero el huelguista no escoge cualquier vía, sino una que puede representarse de forma tal que implica a toda la sociedad como espectadora y, a la vez, cómplice en tiempo real de esa muerte probable. 

    Sí, también cómplice. ¿Acaso no somos cómplices cuando asistimos como testigos mudos, cuando sabemos que un Estado tiene tiempo y poder de sobra para evitar la tragedia y no hacemos todo lo posible para que lo haga?

    Postdata

    Un mensaje pone pausa mi escritura. Alguien me ha enviado una nota que informa de la reciente muerte de otro cubano en huelga de hambre. Nadie ha investigado todavía al respecto, pero todo indica que se trata de un joven de 27 años llamado Andy Reyes Cruz. Este joven, al parecer preso por el supuesto delito de robo con fuerza, inició su ayuno luego de saber que la Fiscalía pedía para él 28 años de privación de libertad. Murió, se dice, tras 53 días sin ingerir alimentos. Su única demanda era la revisión de su caso. 

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    Darío Alejandro Alemán
    Darío Alejandro Alemán
    Nació en La Habana en 1994. Periodista y editor. Ha colaborado en varios medios nacionales e internacionales.
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