We gon’ do some things, some things you can’t relate

‘cause we from a place, a place you cannot stay.

Travis Scott. Goosebumps

Màrìwò yéyéyé, màrìwò*

Ògún aşọ Alágbède o

Mo wí mo bò ni mo bó aşọ Ògún Alágbède o

Èní mo bò ni mo bó aşọ Ògún Alágbède o

Ògún dé àré (Ì)ʹré ilé gbogbo lʹÒgún wá Ògún

Ògún wá nʹílé, Ògún wá lʹòná

Ilé gbogbo lʹÒgún àiyé 

Ògún dé Ààrẹʹré. Ìré gbogbo lò o kú àiyé 

Ògún wá nílé. Òké wá l´ònà

Iré gbogbo lò o kú àiyé

A wá ni yé o Ògún màrìwò

Ògún o fòmó ´dẹ Onílé Abẹ ré màrìwò, Ògún dé Bamba

Cantos a Ògún.

Como muchos otros espacios, Cuba también está enferma de geografía. Los monumentos de sus mártires y héroes son los altares de esa evidencia, los bustos semióticos de los momentos en los que la tierra se volvió política. La reconfiguración de poderes que inauguró el Régimen de la Habana convirtió en trinchera esa enfermedad geográfica. Pero al centro de la nueva versión, inaugurada en el 59, no se encontraba la rivalidad con Estados Unidos, como aparentemente se ha repetido y ellos mismos han creído a veces. Estados Unidos es un desestabilizante externo en la rivalidad más intrínseca que existe entre el Régimen y el pueblo. Ellos y nosotros.

Al Régimen historiar sus razones de soberanía como una batalla justa contra Estados Unidos, monopolizó el derecho a definir —entre muchas otras cosas— las maneras de existir como cubanos y cubanas. Ejerce este control a través de la geografía y el aparato de instituciones burocráticas, económicas y militares que la someten. Para ellos, Estados Unidos es, mayoritariamente, un referente semántico en la batalla por el control territorial de nuestros cuerpos. El enemigo estético, mas no existencial.

No es Estados Unidos quien necesita aceptar la legitimidad de la soberanía de la Revolución cubana, sino nosotros. Por eso las leyes que la protegen no regulan a los Estados Unidos, sino a nuestros cuerpos. No tiene Estados Unidos un derecho legítimo al definir la soberanía y la pertenencia nacional frente al Régimen. Nosotros, sí. La existencia del Régimen de la Habana no depende de la docilidad de Estados Unidos frente a su poder —de hecho, ha sabido sobrevivir en medio de esa rivalidad—, sino de la nuestra.

¿Y cómo ha ejercido ese poder? A través de la construcción semántica del tiempo y el espacio cubanos. ¿Y qué dicen ellos que es Cuba y quiénes son los cubanos? En más de 62 años, las imágenes y los discursos nos sobran, pero escojamos dos momentos. A finales de la década del sesenta, Sara Gómez filmó y dirigió el largometraje De Cierta Manera. La película es una honesta visualización de las condiciones de vida de las clases más pobres en La Habana, así como de las practicas religiosas afrocubanas y choque de clases y género.

En un momento en el que la Revolución cubana perseguía las prácticas religiosas y pretendía que la desaparición de clases constituiría la desaparición de la racialización, la película centra las experiencias y vida de voces negras. Tanto en esta película como en sus otros trabajos, Sara Gomez se erige como una creadora crítica.

Pero a pesar de sus arrestos, a De Cierta Manera le atraviesa un mito revolucionario sobre la marginalidad y su «cura» a través del «desarrollo» urbano. Es por eso que gran parte de la película gira alrededor de la construcción de nuevas viviendas y la demolición de solares como solución sociológica al problema de la «marginalidad» Los solares de Cayo Hueso constituyen la marginalidad que hay que tumbar. Los nuevos repartos que se construyen en su lugar, la construcción del hombre nuevo. El desarrollo de la geografía —cree el Régimen en su nuevo gobierno—, el camino hacia el nuevo tiempo que la Revolución está inaugurando.

De Cierta Manera muestra con la mayor honestidad que le he visto a cualquier película cubana la torpeza ontológica de la Revolución con los cubanos. Los cosifica cual jefe de plantación benévolo y racializa la experiencia negra en Cuba al maginarla a través de una «ayuda» forzada que supuestamente estas personas necesitan. En otras palabras, criminaliza la identidad racializada, pues la considera una desviación al mismo tiempo que racializa esa identidad. Nacer y crecer en un solar o barrios empobrecidos, y los modos de vida que eso trae significa para la Revolución una cosa: disidencia.

Casi dos meses después de las protestas del 11 de Julio, el presidente Miguel Diaz Canel se reunió con periodistas de la prensa estatal para analizar cómo respondió el gobierno y sus medios a las protestas y pensar —algo que resaltaron todos los periodistas en sus palabras— que hay que cambiar para que no se siga perdiendo el control del país. La reunión incluyó, por supuesto, una larga lista de agravios sobre las mordazas que el gobierno le ha impuesto a su aparato de prensa. Es de suponer, por sus tonos de alerta, que estos agravios fueron expuestos para que sirvan como herramientas precisas con las que enderezar la maquinaria del proyecto del Régimen-Revolución a través de su discurso mediático. Pero, incluso, los análisis de la situación nacional que pretendieron ser más punzantes nos dejaron preguntándonos, una vez más, en qué país viven esas personas.

Varios periodistas, haciendo énfasis en que estos tiempos ya no son los de antes, hablaron de pugnas mediáticas, de transnacionalidad, de privilegios, de no reproducir discursos de odios, del fin de la propaganda soviética. Pero en la misma oración repetían —como si constituyese un acto de piedad justiciera— que había que escuchar a las comunidades «preteridas» y «periféricas». No es sorprendente que el Régimen siga ubicando todo discurso y modo de vida crítico a su proyecto como un corpus que habita un espacio al margen, separado de su tiempo, del tiempo que la Revolución ha pretendido construir, me refiero.

A esa hora, en Ará ọ̀run, Alfredo Calvo Cano, y todas las piedras y los caracoles que su Ashé regó por el mundo sin internet, sin abandonar siquiera su asiento en la calle Velarde, sonreían frente a los ideólogos que apuntan que el internet le ha traído a Cuba la transnacionalidad y la transprovincialidad. A esa hora, en el barrio Tivoli, tal vez alguna persona baila ese ritual sensorial y somático que nos legaron los congos para saludar al sol y reconocer la circularidad de la vida y que ahora le decimos meneo.

En la misma Habana, no muy lejos del lugar donde ocurría este encuentro, bajaba por Boyeros un almendrón con el tema Ay Por Tu Vida en el bafle, a todo dar, al mismo tiempo que un Mercedes Benz rompía el tema por el Palmetto, dejándoles saber que el Reparto se mudó, se muda constantemente, su hogar está donde estén los cubanos que viven en la Cuba encarnada y no en la de los periódicos ni cuentas oficialistas de Twitter. O sea, el Reparto vive lo mismo en Houston que en los Pocitos, lo mismo en Salamanca que en West Palm Beach. Vive en Napoli y también en la Gran Piedra.

El Reparto nos obliga a corroborar que no es lo mismo la geografía que el territorio. Hace algunas semanas un amigo me envío un ensayo inédito del escritor colombiano Juan Cárdenas, donde expone la diferencia entre estos dos significantes. Su concepción de territorio me ayudó a pensar también el concepto de territorio de la cultura negra en el Caribe, algo que, a mi juicio, se separa relativamente fácil de las geografías, porque la sedimentación va en el cuerpo. Dice Cárdenas: «El territorio, por su parte, es una sedimentación de experiencias y saberes dentro de una geografía concreta». Yo diría esto: «El territorio, por su parte, es una sedimentación de experiencias y saberes dentro de una geografía del cuerpo».

Al Reparto no le importa que amarren la geografía de la nación, porque no está atada a ella. No responde a la realidad del Régimen, porque su tiempo encarna otra manera de entender la vida y la historia. Pertenece a tiempos y espacios negros, con maneras de entender al mundo que fueron forzadas a existir como extrañas en el mundo, y ahora se nos devuelven inconmensurables. Para el Régimen, incontrolables. Ilegibles.

No cambió la «disidencia», aunque se la llevaran forzadamente para El Eléctrico o Alamar a convertirla en hombre nuevo. Se regó también por allá. Incluso, llegó a la Habana en bicitaxi. Miami pega ahora los temas más sonados en los bonches de Luyanó. A día de hoy, se pueden quedar con la geografía y los ministerios, los decretos y las tonfas, los medios y el estado-nación.

Lo que habita en y a más de uno, desde hace ya varios siglos, no se puede manufacturar. Algo que, cuando se aprieta, explota para regarse por otras partes. Lo cohabitable, copresenciable. Quédense ustedes si quieren con la Patria que han armado como cajón vacío, el estado en quiebra, el proyecto político que dura tanto como duren los tanques. Quédense con su materialización. Hace rato ya nos dimos a la fuga y sobre nuestras espaldas solo nos llevamos el territorio, porque el territorio es nuestro.

La palma revuelta, la palma revuelta,

Las palmas frondosas es el vestido de Ògún el herrero.

Yo digo que lo cubriré con esto y así seré libre. El vestido de Ògún. El herrero. 

Hoy yo cubriré con él para que yo seré libre. El vestido de Ògún. El herrero.

El extraño ambulante de Iré, ha llegado. Él está en todas las casas

Ògún está en la casa, Ògún está en el camino

Él está en todas las casas del mundo.

Ògún llega, él posee el titulo- poseedor de Iré. Todos en Iré lo proclaman: Usted pueda vivir para siempre en el mundo.

Ògún viene a ocupar la casa. La montana viene a poseer el camino.

Todos en Iré lo proclaman, usted viene a vivir para siempre en el mundo.

Nosotros venimos a honrarlo Ògún de las palmas frondosas

Ògún usted limpia el matorral al cazador. Dueño de la casa. Navaja de afeitar que corta la palma. Ògún llega el robusto.

Cantos a Ògún .