Otra manera de vivir del cuento

    En agosto de 2019, un tal Miguel Cruz Suárez arremetió en el diario Granma contra el humor que centra la sátira en el «personaje oficial, el cuadro político, el simple dirigente del barrio». No se criticaba los vicios del género convertidos en tradición que nadie desea extirpar de raíz. No se cuestionaba la oleada populista que justifica la presencia del choteo en los medios de difusión masiva, ni la grosería cabaretera que causa repulsión en la propia chabacanería. Lo que se fustigaba era que fueran puestos en ridículo hasta caricaturizarlos a esos funcionarios en blanco y negro que crecen como la mala yerba para cobrar fuerza.

    Humor en un solo sentido padecía del mal que denunciaba. Ocultaba una lacra social, de la cual la política interna es la responsable, sin el apoyo del bloqueo estadounidense. La crisis de la clase dirigente es producto de un cliché estratégico: privilegiar la fidelidad política sobre el conocimiento técnico; requisito para situar o reemplazar a un funcionario por otro, quien supera al antecesor en torpeza y falta de amor por lo que hace.

    Más criticables que los humoristas, quienes conciben personajes que caricaturizan a funcionarios transitorios con arribismos de más y lecturas de menos, son los comediantes que se burlan del público hasta ruborizarlos de vergüenza. Puede ser una pareja de un negro joven con una rubia nórdica o un matrimonio gay de cualquier sexo. Dichos motivos bastan para armar la anti-dramaturgia emergente. Ni el racismo ni la homofobia constituyen una prioridad ética de la crítica oficial.

    ¿Por qué molesta que se burlen de los fuertes y no de los débiles? ¿Por qué no se irritaron cuando vapuleaban al baladista Alfredito Rodríguez, «el cantante de la familia cubana», sin aludir a su función televisiva de reivindicador por encargo de estalinistas jubilados que culminó en El Pavonato? ¿No es suficiente que los humoristas cumplan la orden de obviar temas delicados e intocables como el caso de Elián González, la Causa 1 de 1989, el regreso de los Cinco Héroes o los chismes filtrados de viajes en yates de hijos de papá por balnearios exóticos?

    Un párrafo infame del artículo de Granma posee tintes ridículos: «Entonces me pregunto: ¿por qué no reírse un poco más del maceta, del que roba, del contrarrevolucionario, del que nos agrede y bloquea, del que hace de la sociedad un espacio carente de disciplina, del simulador, del vago, de los seudoartistas o seudointelectuales?». Quién duda que muchos nuevos ricos fueran miembros de la nomenclatura élite. Ahora se presentan bajo la máscara de cuentapropistas que soltaron el grillete para auto-emanciparse. En realidad, protegen los intereses de sus amos que todavía los amparan y observan. A estos bares o restaurantes suelen ir los humoristas para amenizar esas veladas impagables para la mayoría.

    Lo sintomático de la nota fue su lenguaje de barricada. Todo para sugerir que los estafadores del pueblo están al margen del control gubernamental. Es un secreto a voces que trabajar para el estado por un salario ridículo conduce a robarle al estado y a la gente. Para el articulista encargado de sembrar el terror, los simuladores, vagos, seudoartistas o seudointelectuales son los parásitos de la sociedad; son esos inconformes que «no los queremos, no los necesitamos».

    No olvidemos que los negocios privados se alimentan con la mercancía extraída de los establecimientos estatales, gracias a individuos que los humoristas diseñan superficialmente. ¿Permitirían abordar el caso de un connotado dirigente que estuvo preso por el delito de enriquecimiento ilícito? En la ley del desorden, la lealtad y la traición es una cuestión estrictamente coyuntural.

    Si «el poder corrompe» a las almas de buena voluntad, la inseguridad que provoca el desconocimiento del improvisado en el área que atiende lo aniquila. La autoestima se reduce hasta prescindir del autoritarismo para imponer un criterio, dar soluciones. El temor a ser destituidos o rebajados del cargo los lleva a un «estado de paranoia» donde los detractores de su misión están por todas partes.

    Los «estados de paranoia» entre perseguidores y perseguidos son directamente proporcionales. Hay verdugos cautivos de su ineptitud que desempeñan cargos ejecutivos complejos, incongruentes a su experiencia y capacidad. Hay víctimas que sucumben en los informes de quienes están a merced de la soberbia rectora, la cual los coloca y aparta del «camino correcto» sin paños tibios.

    El misterio radica en incrementar la cautela y democratizar el pánico. Un objetivo de nuestra política cultural que se reescribe con presupuestos de antaño. La coacción psicológica reactiva un proceso de intimación que genera una autocensura precoz. Ésta hace mella en los artistas jóvenes y embalsama a las fieras, bajo el pacto silente de no morder ni arañar con las pezuñas. Hay un chiste de los años noventa que ilustra el cuadro clínico: «Los cubanos son como los bistecs que no se comen: mientras más los aplastan, más se ablandan».

    La relación entre el humor y el poder en Cuba es un capítulo más de la doble moral como el carnaval de las puñaladas traperas en tiempos difíciles. Ellos se comen pero no se tragan, se oyen pero no se escuchan, se admiten en público y rechazan en privado. Se trata un amor prohibido que no dejará de serlo. De manera paradójica, representan el binomio perfecto del simulacro ideal. Ninguno aspira a resolver nada. Solo pretenden seguir viviendo del cuento de todo cuanto critican. Ellos lo saben mejor que nadie: todo seguirá igual que antes.

    Tanto humoristas como funcionarios pasajeros juegan en serio a curar lo que no les interesa ni les conviene sanar. Mientras más se pudra el país, habrá más material para reírnos de nuestros problemas o culpar del estancamiento al enemigo poderoso. Unos y otros se dedican a engañar a una multitud que confunde ajuste de cuentas con entretenimiento. Puede ser en nombre del arte contemporáneo o de la justicia. Ya lo sabemos: se realizan coartadas similares que aparentan ser una profilaxis colectiva cuando son meros intereses personales.

    Aunque no sean intencionadamente contestatarios, los humoristas se basan en la parodia y la sátira que los obliga a realizar una autopsia del contexto en que viven y trabajan. Nada peor para un sistema empeñado en consumir y exportar una sociedad donde «no hay armas, crímenes, consumo de drogas». Si alguien quisiera investigar acerca de los tópicos tabú, el humor le serviría de argumento.

    La nota del diario Granma fue un llamado de alerta a uno de los últimos vestigios de rebeldía en el arte hecho en Cuba. Bastante tienen los catadores de blasfemias inesperadas con las deducciones de Pánfilo en Vivir del Cuento, personaje que acapara el interés de los televidentes cubanos cada lunes.

    Pánfilo Epifanio nació en el monólogo El pan en los tiempos del cólera del año 2000, cuando Luis Daniel Silva, su creador, estudiaba Licenciatura en Ciencias de la Computación en la Universidad de La Habana y aún no se dedicada por entero al humor. Silva es otra ganancia del llamado «humor universitario», movimiento del cual provienen Virulo, Ulises Toirac, Omar Franco, Eleuterio González (Telo).

    Pánfilo es un viejo romántico, quisquilloso, criticón e intransigente; pero a la vez posee una ironía sutil al comentar su percepción de la realidad y la imposibilidad de vencerla con soluciones rápidas. Lo distintivo es su perfil ideológico. Éste protesta y cuestiona desde una visión optimista del caos que lo agobia. Es como un espejo de la revolución cubana. Achacoso, cansado y saturado de carencias, Pánfilo termina por admitir cualquier arreglo urgente. Es una derrota que no se asume.

    La aceptación popular de Pánfilo ha impedido que lo desaparezcan. Esto sumado a que el blanco de sus diatribas no tiene nombres ni apellidos. La culpa de todo la tiene el totí. De todas formas fue algo que se le escapó a la vigilancia preventiva de la televisión nacional. ¿Cuál es su salvoconducto? Ser una ficción de la tercera edad, alguien que cree en todo lo que casi nadie cree. El Pánfilo real, en cambio, es un pobre diablo hambriento del Vedado. Nadie sabe si está vivo o ingresado. ¿Quién no recuerda su grito callejero de «quiero jama» que atrapó a las redes sociales?

    La inconformidad masiva debe parecerse a esa calamidad televisiva llamada Pánfilo Epifanio, por eso todo gira en torno a él y por eso los otros fingen ser teloneros de sus desvíos, cuando encarnan la esencia subversiva del programa.

    Pánfilo es un héroe cultural salido del pueblo que lo hace suyo; éste les refresca a los escépticos que «a mal tiempo, buena cara». El encuentro de Pánfilo con Barack Obama, cuando el presidente estadounidense visitó Cuba en 2016, coronó su embrujo para aliviar tensiones. Jugó dominó en casa con el gran símbolo del enemigo, en un ambiente donde el veneno estaba purificado. Hay que hacer concesiones para estar en televisión.

    El humor es una chispa aleccionadora que despierta al arte cubano de la modorra. Desde la literatura de Reinaldo Arenas, la música de Pedro Luis Ferrer, los cortos de Eduardo del Llano, el teatro de El Ciervo Encantado o el arte visual de Pedro Pablo Oliva. Una razón que provoca que el poder intimide a sus gestores de oficio cada cierto tiempo. Un granito de arena de los cancerberos de la política cultural, para que la cautela o cobardía prevalezcan sobre la irreverencia o desacato de sediciosos.

    Quizás el último caso de osadía, en los marcos de la Institución Arte, lo protagonizó el cineasta y dramaturgo Juan Carlos Cremata Malberti con su puesta en escena El Rey se muere, de Eugene Ionesco, en 2015. La obra montada por teatro El Ingenio solo tuvo dos funciones en el Centro Cultural Bertolt Brecht de La Habana, antes de ser retirada de cartelera. Se le acusaba de ser un «panfleto político contra Fidel Castro». Como si el síndrome de la sospecha pudiera decretar donde acaban los micropoderes y comienzan los macro-poderes.

    De ser así, constituía una lectura herética de los censores, quienes personalizaron la crítica. La pieza del dramaturgo rumano-francés Ionesco, precursor del teatro del absurdo, habla sobre un rey que añora ser inmortal mientras su corte intenta persuadirlo de que ya es hora de que se retire a descansar.

    Para los detractores de transgresiones simbólicas, los monarcas arquetípicos no existen, ni siquiera en los predios de la escena contemporánea, tan efímera como casi cualquier legado. La censura fue implacable, sin derecho a réplica. Mientras los actores recogían la escenografía de la sala Tito Junco, extenuados con sollozos de impotencia, el rey se les aparecía sonriente.

    Uno de los pasajes crueles del hecho consumado fue que la directiva del Consejo Nacional de las Artes Escénicas había leído la obra; sin embargo, no presenciaron ninguno de los ensayos, según contó Juan Carlos Cremata en una entrevista. Es decir, permitieron que deliraran, invirtieran en la producción y se desgastaran para comunicarles la prohibición luego del estreno. Como si fueran parte de ese público azaroso que va al teatro un fin de semana para despejar, instruirse, polemizar. Un abuso de poder que destila un cinismo premeditado. Así el golpe bajo sería demoledor, buscaba quitarles la idea de que volvieran a tramar algo semejante.

    Luego Cremata se consolaría sin arrepentirse: «Mi nación es el arte que produzco, no creo en nada más que en eso». En 2016, se lanzaría a la aventura de convertirse en un exiliado más en el refugio de Miami. No quiso exponerse a ser un excluido de bajo perfil o probar la muerte en vida, mirado con desprecio por quienes lo mimaron y premiaron, mientras se mantuvo dentro de los límites.

    Los excesos grotescos del dramaturgo nunca serán más obscenos que el humor nauseabundo de Limay Blanco, alias «Muñi Muñi». Su monólogo dedicado a la peste es un escarnio público. Pero quien asimila a éste bufón de orilla es el consumismo marginal que frecuenta los antros nocturnos. Lo preocupante sería el sujeto que asiste a las salas de teatro en búsqueda de agresividad intelectual. «Lo demás no importa», diría un ideólogo visceral.

    El populismo de alta o baja intensidad es un fantasma que recorre el gremio humorístico. «Lo mejor de los cubanos es que se ríen de sus problemas. Aplausos para ustedes mismos. Manos para arriba mi gente». Este cierre de bloque chistoso con música de fondo preside la mayoría de los espectáculos, incluso en el teatro.

    Son esporádicas las propuestas que evocan al desaparecido grupo Nos y Otros, Humoris Causa o al monólogo de Kike Quiñones inspirado en un trabajador de servicios comunales, quien se pregunta incrédulo: «¿Hasta dónde llegará esta basura?”. Sin obviar al multipremiado grupo Komotú, de Guantánamo, liderado por Miguel Moreno. Ellos fusionan lo culto y lo popular mediante guiños cómicos.

    El escarmiento a Cremata y la advertencia a los humoristas por un motivo afín culmina en la sumisión de los artistas cubanos a la Institución Arte. No se vislumbran riesgos en las actuales relaciones de dependencia consolidadas. La única posibilidad de salvación de un artista con pretensiones de autonomía es separarse de la Institución o irse del país. Esto divide al movimiento artístico, ya fragmentado por la rivalidad, el vedetismo y las diferencias económicas. Todo ello atenta contra un arte cubano que se haga respetar dentro y fuera de la Isla, considerando a los valiosos exponentes que prefieren trabajar en Cuba.

    Pedro Pablo Oliva defiende una poética de la insubordinación, negado a declararse opositor de extrema derecha o militante de izquierda. Los artistas jóvenes deberían recapacitar en quién se pronuncia, calla y no claudica ante una máxima que debe acompañar al fabulador: «El arte es una eterna conspiración». Su mítico lienzo El Gran Apagón (1994-1995) entroniza un paisaje después de la utopía. Ya las palmas no son novias que esperan ni las movilizaciones populares el signo de que «en la unión está la fuerza».

    Lo agónico se desentiende de lo lúdico, y la esperanza se pierde en la lucha por sobrevivir. Dagoberto Valdés ha comparado este retablo de equívocos y frustraciones con el Guernica de Picasso. Para el líder católico, «en Picasso se ve la herida por fuera. En Oliva va por dentro». A falta de luz, se vuelve imposible distinguir la naturaleza y el hombre.

    Disuelto en la nada del hombre común o recluido en el mutismo de su conciencia crítica, Pedro Pablo Oliva se abstuvo de juzgar ese «Período especial en tiempo de paz» que siguió al derrumbe del campo socialista. Dejó, no obstante, un testimonio visual. Acató el credo de Alejo Carpentier: «Yo estoy aquí para contar la historia». Pintó un desencuentro donde coinciden la tribuna vacía y esas palabras que faltan, el asombro de Martí y la impostura de nombrarlo sin remordimiento.

    A la política cultural le interesa más quedarse sin creadores auténticos que ceder protagonismo en el terreno ideológico. Por ello, se dan el lujo de tolerar a repatriados listos para ejercitar el borrón y cuenta nueva, policías de Facebook reacios a las indefiniciones dirigiendo la promoción artística, fabricantes de bostezos unidos en esa «ortodoxia del silencio» que es una vergüenza. Muchos artistas institucionalizados optan por seguir las reglas del juego sin chistar.

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